miércoles, 30 de enero de 2013

España Invertebrada. Primera parte. Particularismo.

En el anterior post quedaba en el aire la cuestión del separatismo; ahora bien, para dar una respuesta satisfactoria a dicho problema es fundamental el concepto de PARTICULARISMO, que expondremos a continuación y que se prolongará en próximas entradas –igualmente importante para la mencionada resolución de la cuestión, es el de ACCIÓN DIRECTA, del que también nos ocuparemos más adelante-. Por tanto, con el presente post comienza una serie de varios más que dan título, como sabemos, a esta primera parte de la obra: Particularismo y acción directa. Con todo ello, también hay que tener presente en todo momento el andamiaje conceptual del que se sirve Ortega y Gasset para llevar a cabo el análisis de España –expuesto en anteriores post- y, en particular, atender al concepto de DESINTEGRACIÓN que aquí se aplica.  Al hilo del concepto de desintegración Ortega considera que, desde 1580 hasta la actualidad – momento en que Ortega escribe la obra-  todo lo acontecido y lo que acontece en España es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo narrado anteriormente -léase la entrada anterior: ¿Por qué hay separatismo?-  va en crecimiento hasta Felipe II. De hecho, el filósofo madrileño traza un límite o punto de inflexión, a saber; el año vigésimo de su reinado puede considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta aquí la Historia de España había sido ascendente y acumulativa, sin embargo a partir de aquí será decadente y dispersiva, comenzando el proceso de desintegración del imperio[1], de la periferia al centro y manteniéndose durante siglos hasta llegar a 1900, año en que el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. Ahora bien: ¿Termina con ello el proceso de desintegración?
A propósito de la pregunta Ortega afirma: “Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos…Es el triste espectáculo del ocaso, de un larguísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.” España Invertebrada.
En anteriores entradas explicamos detalladamente, y de acuerdo con Ortega, en qué consistía el proceso de incorporación. Ahora bien, el de desintegración o desarticulación por tanto, es el inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparteque no como partes independientes fuera del todo-. Este fenómeno de la “vida histórica” es considerado como el rasgo más característico, profundo y grave de la actualidad española; y lo denomina como PARTICULARISMO.  Por ello, y volviendo a la cuestión del nacionalismo, regionalismo y separatismo, nuestro autor piensa con respecto a ello, que es una frivolidad juzgar el Catalanismo y el Bizcaitarrismo como movimientos artificiosos nacidos del capricho privado de unos cuantos – aparente y superficialmente puede que sí, pero la auténtica causa es mucho más profunda-. Ortega considera que ambos son la manifestación más acusada del estado de descomposición en que se halla nuestro pueblo, ambos nacionalismos suponen una prolongación de la dispersión iniciada hace tres siglos.
 Y lo manifiesta del siguiente modo: “Las teorías nacionalistas, los programas políticos del regionalismo, las frases de sus hombres carecen de interés y son en gran parte artificios. Pero en estos movimientos históricos, que son mecánica de masas, lo que se dice es siempre mero pretexto, elaboración superficial, transitoria y ficticia, que tiene sólo un valor simbólico como expresión convencional y casi siempre incongruente de profundas emociones, inefables y oscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva” España Invertebrada.
Todo el que en política y en historia se deje llevar por lo que se dice, errará profundamente. La opinión pública es siempre respetable, pero casi nunca expresa con rigor sus verdaderos sentimientos, opina Ortega. Por ejemplo: El hecho de que otras regiones españolas -distintas a las nacionalistas por antonomasia-  no tengan programas secesionistas –a principios del siglo XX- no significa que no sientan el mismo instinto de particularismo. De acuerdo con todo ello, Ortega define la esencia del particularismo como:“La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás” España Invertebrada. Por esa razón no le importan las esperanzas o necesidades de los demás –del resto de partes-, no se solidarizan con ellos. Es más, una característica fundamental de este estado social es la hipersensibilidad para los propios males, esto es; los problemas de cada parte –de cada uno-  son más importantes que los del resto y las “ofensas” que provienen de las demás partes –los otros- son intolerables. Todas estas cuestiones se magnifican mucho más cuando el alma del grupo se ha desintegrado de la convivencia nacional[2]. En ese sentido esencial se puede decir que el particularismo existe hoy –seguimos refiriéndonos a principios del siglo XX- en toda España, aunque según Ortega modulado, y siempre dependiendo de las condiciones que se den en cada región. Por ejemplo, tal y como apunta el propio autor: “En Bilbao y Barcelona ,que se sentían como las fuerzas económicas de la península, el particularismo toma un cariz agresivo, expreso y retórico, en cambio en Galicia, tierra pobre de almas rendidas, suspicaces y sin confianza en sí mismas, toma el sesgo de un sordo y humillado resentimiento -puesto que no puede brotar- entregándose así a la voluntad ajena.”España Invertebrada. Así para Ortega, el preocuparse exclusivamente por el nacionalismo catalán y vasco es no percibir ni comprender con toda profundidad el mal que nos aqueja. El filósofo madrileño quiere corregir el pensamiento político al uso, que busca el mal radical del catalanismo y del bizcaitarrismo, precisamente en Calaluña y en Vasconia, cuando no es allí dónde se encuentra. ¿Dónde está entonces? Cuando una sociedad se consume víctima del particularismo,  puede afirmarse con toda seguridad que, el primero en mostrarse particularista fue precisamente el poder central, y esto es lo que ha sucedido en España.
Castilla hizo a España y Castilla la deshizo... pero ¿Cómo?, ¿Por qué?: Castilla como núcleo inicial de la incorporación ibérica, acertó a superar su propio particularismo e “invitó” a los demás pueblos peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Inventó Castilla grandes y sugestivas empresas al servicio de altas ideas jurídicas, morales y religiosas, dibujando un interesante plan de orden social en el que impera la norma de que todo hombre activo, agudo, noble…es decir, mejor, ha de ser preferido al pasivo, torpe y vil -su inferior-. Ello perduró algún tiempo vivazmente y las gentes estaban influidas por esas ideas, aspiraciones y hábitos; creían en ellas, las respetaban o temían. Ahora bien, en la España de Felipe III  todo ello ya no existe realmente, es decir, todas esas aspiraciones, ideas, normas y hábitos superiores se han tornado tópicos petrificados, falsos, porque no se hace nada nuevo  -no hay dinamismo-, simplemente se emplean todas las energías en conservar el pasado, la tradición -instituciones y dogmas-  sofocando toda innovación. Así Castilla se convierte en lo opuesto de sí mismo, se vuelve suspicaz, angosta, sórdida, en definitiva: comenzó a hacerse particularista. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras regiones, sino que celosa de ellas las abandona y empieza a no enterarse de lo que en ellas pasa. Ahora bien, piensa Ortega, si Cataluña o Vasconia por ejemplo –como cualquier otra región periférica- realmente hubiesen sido los pueblos formidables que en la actualidad –principios del siglo XX-  imaginan ser, cuando Castilla comenzó a hacerse particularista le habrían dado un terrible tirón para que así, el núcleo central recuperase sus virtudes y no cayese en la perdurable modorra de idiotez y egoísmo que ha sido durante tres siglos la historia de España. Ortega y Gasset considera que todos los poderes nacionales, especialmente Monarquía e Iglesia, han mirado para sí mismos durante tres siglos, se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales[3], han fomentado generación tras generación una selección inversa en la raza española. Así, la política española durante todo ese tiempo ha sido particularista. De hecho, incide en la cuestión del siguiente modo: “Sería curioso y científicamente fecundo hacer una historia de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en la elección de las personas. Ella mostraría la increíble y continuada perversión de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables. Ahora bien, el error habitual, inveterado, en la elección de personas, la preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto es el síntoma más evidente de que no se quiere en verdad hacer nada, emprender nada, crear nada que perviva luego por sí mismo. Cuando se tiene el corazón lleno de un alto empeño se acaba siempre por buscar los hombres más capaces de ejecutarlo. España Invertebrada.
Es decir, en lugar de renovar periódicamente las ideas vitales para llevar a cabo empresas y proyectos -fomentando así la unión- el poder público[4] ha ido triturando la convivencia española y ha usado su fuerza “nacional” casi exclusivamente para sus fines privados. De este modo, y teniendo ésto en cuenta, es conveniente volver a formular una cuestión fundamental planteada anteriormente en la entrada titulada “Incorporación y desintegración”: ¿Para qué vivimos juntos los españoles entonces?[5] Definitivamente Ortega piensa con respecto a los nacionalismos -en concreto, el catalanismo y el bizcaitarrismo- que, lo más importante en ellos es lo que no se advierte, a saber: lo que tienen de común por un lado, con el largo proceso de secular desintegración que ha sesgado los dominios de España, y por otro, con el particularismo latente o distintamente modulado que existe en el resto del país.  Lo demás no tiene importancia alguna -o si la tuviera, no se aprovecha en sentido favorable- en lo que se refiere a cuestiones como las afirmaciones de las diferencias étnicas, entusiasmo por sus idiomas, críticas de la política central… Así, la tesis de Ortega y Gasset al respecto es una interpretación del secesionismo vasco-catalán como un caso específico de particularismo más general existente en toda España. Lo cual demostrará de un modo más contundente analizando otro fenómeno muy característico a principios del siglo XX en este país, y que no tiene nada que ver con regiones, pueblos y razas: El particularismo de las clases sociales -o compartimentos estancos-.
Próximo Post: España Invertebrada. Primera Parte. Particularismo y acción directa: Compartimentos estancos.

[1] Primero se desprenden los Países Bajos y el Milanesado; luego, Nápoles. A principios del siglo XIX se separan las grandes provincias ultramarinas, y a finales de él, las colonias menores de América y Extremo Oriente.

 [2] Ortega afirma que:Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos “oprimidos” por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja habrá de parecer grotesca. Pero a quién le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de ésta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se hallan.” España Invertebrada.

 [3] Ahora bien, el caso de Carlos III constituye a primera vista una excepción, pero que, como toda excepción viene a confirmar la regla, pero en la estimación que hace treinta años -final del siglo XIX- sentían los “progresistas” españoles por Carlos III, hay una mala inteligencia. Una parte de su política podía parecer simpática desde el punto de vista de la cultura humana, pero en su conjunto es el monarca más particularista y antiespañol que ofrece la historia de la Monarquía.

[4] Desde hace muchos siglos, en España, el poder público pretende que los españoles existamos sólo para que él se dé el gusto de existir. Aunque Ortega considera que esto también es un pretexto algo menguado.

[5] Porque de acuerdo con Ortega, vivir es una actividad que se hace hacia delante, es mirar hacia el futuro, y no para vivir la resonancia del pasado, de la tradición, y mucho menos para convivir por convivir.



 

miércoles, 23 de enero de 2013

España Invertebrada. Primera Parte. ¿Por qué hay separatismo?

En el presente post, partiendo del andamiaje conceptual analizado y expuesto en las dos entradas anteriores, nuestro autor comienza aunque desde la lejanía, a observar el presente de España –y con presente de nuevo nos referimos a la época en que desarrolla la obra-. A partir de aquí se centra en la cuestión española de pleno, aunque penetra en ella gradualmente. Ortega observa que, uno de los fenómenos más característicos de la vida política española en los últimos veinte años –principios del siglo XX-  ha sido la aparición de regionalismos, nacionalismos y separatismos, es decir: movimientos de secesión étnica y territorial. Ahora bien, según Ortega una mayoría de españoles no saben cuál es la verdadera realidad histórica de estos movimientos. A continuación plantearemos la cuestión en dos partes:
1.¿POR QUÉ HAY SEPARATISMO?
 Ortega considera que para la mayor parte de la gente, el “nacionalismo” –principalmente vasco y catalán que son los más representativos- es un movimiento artificioso extraído de la nada, sin causas ni motivos profundos, que empieza de pronto hace unos cuantos años.  Según el autor, pensar así implica considerar que las partes del todo -en nuestro caso Cataluña y Vasconia-  no eran antes de ese movimiento secesionista unidades sociales distintas a Castilla, Madrid o Andalucia, sino que España era una masa homogénea sin discontinuidades cualitativas, sin diferencias interiores: “ Hablar ahora de regiones, de pueblos diferentes, de Cataluña, de Euzkadi, es cortar con un cuchillo una masa homogénea y tajar  cuerpos distintos en lo que era un compacto volumen”. España Invertebrada. De todo ello se sigue, por tanto, que hay una serie de hombres -los nacionalistas o separatistas-  que movidos por codicias económicas, por soberbias personales, envidias más o menos privadas, van ejecutando deliberadamente esta faena de despedazamiento nacional que sin ellos y su caprichosa labor, no existiría.  Es más, incide Ortega, a menudo se piensa que el único modo de combatirlos es ahogarlos por directa estrangulación: persiguiendo sus ideas, organizaciones y hombres a través de la incontrastable fuerza del poder central puesta al servicio de los centralistas”  -o unitaristas-  de esas regiones –Cataluña y Vasconia- .
Ahora bien, nuestro filósofo subraya que esto no es exactamente así, sino que estamos ante una interpretación simplista de la cuestión que ni siquiera se aproxima a la verdadera realidad histórica, de hecho Ortega afirma que: “Tengo la impresión de que el “unitarismo” que hasta ahora se ha opuesto a catalanistas y bizcaitarras, es un producto de cabezas catalanas y vizcaínas nativamente incapaces –hablo en general y respeto todas las individualidades-  para comprender la historia de España”.  España Invertebrada. Porque no nos engañemos, España es una cosa creada, hecha, forjada por Castilla, por eso sólo cabezas castellanas tienen órganos adecuados para percibir el gran problema de la España integral. Ortega cree que, si en lugar de los castellanos hubiesen sido estos unitaristas catalanes y vascos los que forjaran la España una, habrían dejado la Península convertida en una pululación de mil cantones. Porque como más adelante mostrará,  esa manera de entender los nacionalismos y, ese sistema de dominarlos, es a su vez, separatismo y particularismo, es “catalanismo y bizcaitarrismo” pero de signo contrario.
 2.CASTILLA  –PROCESO DE CREACIÓN DE ESPAÑA-:
Perfilada la respuesta -que no respondida- a la pregunta ¿Por qué hay separatismo?, a partir de aquí, Ortega  reconstruirá a modo de esbozo general -habiendo introducido como referente a Roma- el proceso incorporativo que Castilla impuso a la periferia, es decir: la génesis y creación de España como nación.
Castilla sabe mandar, sólo hay que advertir históricamente, la energía con la que sabe mandarse a sí misma, es decir; se afana por superar la tendencia al hermetismo aldeano -y rural- que impera en el resto de pueblos ibéricos. Orienta sus ánimos a grandes empresas, sin embargo, éstas requieren de amplia colaboración. Es la primera en iniciar complejos proyectos de política internacional[1]. Ahora bien, sólo en Aragón existía como en Castilla esa sensibilidad para la política internacional, pero contrarrestada con el defecto más opuesto a esa virtud: una fortísima tendencia a la suspicacia rural, un gran apego a sus peculiaridades étnicas y tradicionales. Sin embargo Castilla –principalmente- que ha mantenido una lucha fronteriza con otra civilización como los árabes, les permite descubrir su histórica afinidad con el resto de reinos ibéricos a pesar de todas las diferencias sensibles entre ellos, tal y como apunta Ortega: “La “España una” nace así en la mente de Castilla, no como una intuición de algo real  -España no era en realidad una-   sino como un ideal esquema de algo realizable, un proyecto incitador de voluntades, un mañana imaginario capaz de disciplinar el hoy y de orientarlo, a la manera que el blanco atrae la flecha y tiende el arco”. España Invertebrada. Por ello, cuando la política castellana logró conquistar para sus fines el espíritu claro de Fernando el Católico, todo se hizo posible. El genio aragonés comprendió que Castilla tenía razón, que era preciso domeñar la hosquedad de sus paisanos e incorporarse a una España mayor, a un proyecto sugestivo de vida en común. Sus pensamientos de altos vuelos sólo podían ser ejecutados desde Castilla porque sólo en ella encontraban sentido. Así se logra la unidad española, con la unión de los dos grandes reinos.
Ahora bien: ¿Con qué fin se lleva a cabo dicha unión? La unión no se lleva a cabo precisamente, con la idea de convivir juntos sin más, sino todo lo contrario, se hace para lanzar la energía española al resto del planeta, para crear un imperio aún más amplio. La unidad de España se hace para esto y por esto. Y ese gran proyecto atrae, sugestiona e incita a la unión, que funde los temperamentos antagónicos en un bloque compacto.  Así, la unidad española fue ante todo y sobre todo  la unificación de los dos grandes reinos con las dos grandes políticas internacionales que a la sazón había en la península: la de Castilla hacia África y Centro-europa y la de Aragón hacia el Mediterráneo. Por vez primera en la historia se idea una WELTPOLITIK  -Política Internacional-;  y la unidad española fue hecha para intentarla y para ensayar muchas otras grandes empresas. Ese proyecto sugestivo de vida en común y la colaboración necesaria que de ahí nace, fue lo que posibilitó el proceso de incorporación nacional.
 Por último, y para terminar con este punto que nos ocupa, Ortega utilizará los testimonios de dos hombres de garantía contrastada para precisar y justificar su tesis de un modo muy ilustrativo. El primero de ellos es  Francesco Guicciardini (1483-1540) –Escritor político del Renacimiento, historiador, estadista y diplomático en la corte de Aragón entre los años 1512-1514-   y el segundo, Nicolás Maquiavelo (1469-1527) – Filósofo político, diplomático, funcionario público y escritor del Renacimiento -.Con respecto a Guicciardini – amigo de Maquiavelo-, cabría decir que cuando fue embajador florentino en la corona de Aragón, en su “Relazione di Spagna” relata que un día preguntó  al rey Fernando: “¿Cómo es posible que un pueblo tan belicoso como el español haya sido siempre conquistado, del todo o en parte, por galos, romanos, cartagineses, moros?”…a lo que el rey contestó: “La nación es bastante apta para las armas, pero desordenada, de suerte que sólo puede hacer con ella grandes cosas el que sepa mantenerla unida y en orden”. España Invertebrada. De aquí Guicciardini sacó la conclusión de que Isabel y Fernando, gracias a que lograron esa unión y ese orden,  pudieron lanzar a España a las grandes empresas militares. Por tanto aquí, parece que la unidad es la causa y la condición para hacer grandes cosas, lo cual no es falso afirma Ortega, pero parece una verdad más honda, interesante y más valiosa  la afirmación inversa -tesis que defiende el filósofo madrileño- : la idea de hacer grandes cosas, de llevar a cabo grandes empresas, es la que engendra la unificación nacional. Ahora bien, según Ortega Guicciardini no era muy inteligente, por lo tanto para documentar con mayor rigor su tesis echa mano de la mente más preclara de la época –hablamos del Renacimiento- que no es otra que la de Nicolás Maquiavelo.  Nadie conoció mejor la política de la época como él. Su “Príncipe” es al fin y al cabo, en rigor, una meditación sobre Fernando el Católico y César Borgia. Según Ortega, el Maquiavelismo es principalmente el comentario intelectual de un italiano a los hechos de dos españoles. Así Maquiavelo explicaría con aguda sutileza a su amigo Vettori  -otro embajador florentino-  la política del astuto rey aragonés –aquí sólo reproducimos las líneas más significativas de la carta con respecto a la cuestión que nos atañe- : “[…]Este rey, como sabéis, desde poca y débil fortuna, ha llegado a esta grandeza, y ha tenido siempre combatir con Estados nuevos y súbditos dudosos[2], y uno de los modos como los Estados nuevos se sostienen y los ánimos vacilantes se afirman o se mantienen suspenso […]teniendo siempre a las gentes con el ánimo arrebatado por la consideración del fin que alcanzaran las resoluciones y las empresas. Esta necesidad ha sido conocida y bien usada por este rey […]” España Invertebrada[3]. Maquiavelo lo expone bien claro: mientras España tuvo empresas a que dar cima -crear sus fines- y se cernía un sentido de vida común sobre la convivencia peninsular, la incorporación nacional fue aumentando o no se quebrantó.
Esbozado por tanto  -aunque a grandes trazos-  el origen de España y el trasfondo substancial del mismo, urge volver a la cuestión que daba título a la entrada y cuya aclaración ha quedado aparcada; la del incesante rumor de los nacionalismos, regionalismos y separatismos en la época en la que Ortega escribe esta obra. Por tanto, la pregunta que todavía no ha sido respondida y que conviene volver a formular es: ¿Por qué hay separatismo?

Próximo post: España Invertebrada. Primera Parte. Particularismo y acción directa. Particularismo.



[1] La capacidad para la política internacional es otro rasgo de genio nacionalizador, las grandes naciones no se han hecho desde dentro, sino desde fuera, sólo una acertada política internacional, de grandes empresas, hace posible una fecunda política interior, que es siempre, a la postre, una política de poco calado.
[2]Esto es, ensaya la unificación en un Estado de pueblos por tradición independientes, de hombres que no son sus vasallos y súbditos de antiguo.
[3] La referencia de Maquiavelo utilizada por Ortega es: Opere, vol. VIII. Existe otro texto de esta carta con algunas variantes que subrayan más el mismo pensamiento.

miércoles, 16 de enero de 2013

España Invertebrada.Primera Parte. Potencia de nacionalización.

En el anterior post se exponían los conceptos de incorporación y desintegración como parte del armazón conceptual que utilizará Ortega para explicar y delimitar la formación histórica de un organismo nacional y que,  posteriormente, aplicará específicamente al análisis de España. En esta entrada se van a perfilar básicamente los dos conceptos –Mandar/Imperar y Fuerza-  que restan para completar ese andamiaje conceptual al que nos acabamos de referir. Por tanto, los conceptos de “Imperar” y “Fuerza” -íntimamente relacionados como veremos-,  junto con los de “Incorporación” y “Desintegración” serán articulados por Ortega para explicar qué es  la nacionalización o proceso de formación de una “nación”. Aunque es más acertado expresarlo como:”Potencia de nacionalización”. Para nuestro autor, el poder creador de naciones es un talento o genio tan peculiar como puedan ser la poesía, la música y la invención religiosa. Por ello analiza los ingredientes de ese talento nacionalizador cuya esencial característica es que posee un carácter imperativo. No es un saber teórico, ni es emotividad religiosa, y por supuesto no es ninguna fantasía. En palabras del propio Ortega: “Es un saber querer y un saber mandar”. De hecho: [ Pueblos sobremanera inteligentes han carecido de esa dote, y, en cambio, la han poseído en alto grado pueblos bastante torpes para las faenas científicas o artísticas. Atenas, a pesar de su infinita perspicacia, no supo nacionalizar el Oriente mediterráneo; en tanto que Roma y Castilla,  mal dotadas intelectualmente, forjaron las dos más amplias estructuras nacionales”…] España Invertebrada.
1.CONCEPTO DE MANDAR –IMPERAR-:
Con respecto a este concepto Ortega considera que mandar no es simplemente convencer, ni simplemente obligar, es una sutil mezcla de ambas cosas. En todo acto de imperar la sugestión moral y la imposición material van íntimamente fundidas. Saber mandar es en primer lugar saber mandarse a sí mismo, es decir; ser emperador de sí mismo es la primera condición para imperar a los demás. Y precisamente en esta mezcla juega un papel básico la fuerza, que ha sido, es y será fundamental en la historia de la humanidad en lo que concierne a la creación de naciones – puesto que evita el caos-. Ahora bien, sólo con la fuerza tampoco se consigue absolutamente nada  -la violencia en solitario sólo fragua “pseudoincorporaciones” que duran un tiempo muy breve y no dejan rastro histórico apreciable-. En toda auténtica incorporación  la fuerza tiene un carácter adjetivo. Es decir, la potencia verdaderamente substancial que impulsa y nutre el proceso incorporativo es siempre un dogma nacional,  es un proyecto sugestivo de vida en común” afirmará Ortega.  Y la fuerza está ligada a ese fin.
Hay que desechar toda interpretación estática de la convivencia nacional y aprender a comprenderla dinámicamente, esto es;  los grupos que integran un Estado viven juntos para algo, son una comunidad de propósitos, de anhelos, de grandes utilidades. Las gentes no viven juntas sin más ni más y porque sí  -esa cohesión “a priori” sólo existe en la familia-. No conviven por estar juntos sino para hacer algo juntos: un proyecto de vida en común -un proyecto atractivo de cosas para hacer en el futuro-, un fin a realizar. Y cuando el proyecto se acaba, se desarticula el Estado o bien se desdibuja por completo -se desustancia-. Por ello según Ortega, lo decisivo para que una nación exista no es el pasado,  no es la tradición –como ya quedó indicado en el anterior post, estaríamos ante un error muy grave de apreciación cuya causa radica en buscar el origen del Estado en la familia, en la comunidad nativa, previa, ancestral.- Las naciones se forman y viven de tener un programa de futuro, un proyecto a realizar para mañana.
 Y en cuanto al poder de la fuerza, que Ortega considera como “la gran cirugía histórica”, su función es obvia, es decir: “Por muy profunda que sea la necesidad histórica de la unión entre dos pueblos, se oponen a ella intereses particulares, caprichos, vilezas, pasiones y, más que  todo esto,  prejuicios colectivos instalados en la superficie del alma popular que va a aparecer como sometida”. España Invertebrada. Y contra ello, no sirve la persuasión que emana del razonamiento. Por tanto el papel de la fuerza es adjetiva, secundaria, pero necesaria y nada desdeñable. Ortega ilustra de un modo muy claro esa sutil combinación de sugestión moral –convencer-  e imposición material u obligar –fuerza- en qué consiste el talento nacionalizador: Si comparamos los formidables imperios mongólicos de Genghis-Khan con la Roma antigua, o con los imperios de Alejandro Magno y Napoleón; en la jerarquía de la violencia y de la fuerza, el genio de Tartaria es insuperable. Pues bien, frente al Khan tremebundo que no sabe leer ni escribir y desconoce las religiones y todas las ideas, están César, Alejandro, Napoleón, que son auténticos propagandistas del “Ejército de salvación”-Salvation Army-. Por ello el Imperio tártaro duró el mismo tiempo que vivió el herrero que lo forjó con el acero de su espada, mientras que, la obra de César por ejemplo, en cambio, duró siglos y repercutió en milenios. Por ello, cuando los pueblos que rodeaban Roma fueron sometidos, más que por la fuerza de las legiones, se sienten injertados en el árbol latino por una ilusión, por un atractivo proyecto de vida en común, un proyecto de organización universal  -por su tradición jurídica, política, administrativa…configuradas por poseer un tesoro de ideas recibidas de Grecia-, y dónde todos podían colaborar. Y el día que Roma dejó de ser éste proyecto de cosas por hacer mañana, el Imperio se desintegró o se  desarticuló.
2. CONCEPTO DE FUERZA –ACLARACIÓN-:
Acerca del concepto de fuerza poco más se puede decir, aparte de lo ya expuesto a propósito de su carácter adjetivo en los procesos de incorporación y de su inseparabilidad de los proyectos sugestivos de vida común que suponen los mismos. Ahora bien, el concepto de fuerza ha sido objeto de interesadas interpretaciones según Ortega, por lo que en este punto considera conveniente realizar algunas aclaraciones fundamentales sobre el mismo, indicando, y vaya eso por delante, que Europa padece desde hace un siglo una perniciosa propaganda en desprestigio de la misma. Las raíces están en la base de la cultura moderna que ha impuesto en la opinión pública europea la falsa idea de lo que es la fuerza de las armas, presentándose como algo infrahumano, residuo de la animalidad en el hombre.  La fuerza se ha contrapuesto al espíritu o bien, se ha considerado como una manifestación espiritual de carácter inferior.  Ortega explica que en la formación de la cultura moderna la burguesía imperante tuvo un papel protagonista imponiendo sus instintos, su interpretación de la realidad. De hecho Ortega afirma  que: “El buen Heriberto Spencer, expresión tan vulgar tanto de su nación como de su época, opuso al “espíritu guerrero” el “espíritu industrial”, y afirmó que era éste un absoluto progreso en comparación con aquél.”; refiriéndose con ello evidentemente a Herbert Spencer (1820-1903)  – sociólogo, psicólogo y destacado filósofo evolucionista británico- .
  La ética industrial  -esto es, un conjunto de sentimientos, normas, estimaciones y principios que rigen la actividad industrial, que únicamente responde al principio de utilidad y en la que los hombres se asocian a través de contratos, expresándose en un espíritu que trata de evitar el riesgo-  es moral y vitalmente inferior a la ética del guerrero  -cuyos principios, normas y valoraciones responden al entusiasmo, surgiendo de ahí los ejércitos, y en ellos, sus integrantes asociándose solidarizados por el honor y la fidelidad, resaltando su genial apetito por el peligro-. Ahora bien:”…aquello que ambos tienen en común, la disciplina, ha sido primero inventado por el espíritu guerrero y merced a su pedagogía injertado en el hombre”[1]España Invertebrada. Sin embargo Ortega insiste en que, en la actualidad – y nos referimos al momento presente  en el que Ortega escribe estas líneas-  sería injusto comparar esas dos formas de vida, porque las organizaciones militares contemporáneas representan una decadencia del espíritu guerrero debido a que éstas son manejadas y organizadas por el espíritu industrial  -lo que hace antipáticos a los ejércitos y los desvaloriza-. Por tanto nuestro autor considera que, en la actualidad el militar es el guerrero deformado por el industrialismo.
Ortega piensa que la fuerza de las armas no es fuerza bruta, sino fuerza espiritual, porque considera que para poner en pie un buen ejército se necesita de grandes dosis de genialidad y vital energía, siendo ésto una gran verdad aunque no sea reconocida. El influjo de las armas manifiesta, como todo lo espiritual, su carácter predominantemente persuasivo.  Y la fuerza de las armas no es precisamente fuerza de Razón -ésta no circunscribe la espiritualidad-. La violencia material con la que un ejército aplasta a otro en la batalla no es lo que tiene efectos históricos; es decir, ahí, la victoria actúa más que materialmente, ejemplarmente, poniendo de manifiesto la superioridad -y por tanto su calidad histórica- del ejército vencedor y por ende del pueblo que lo forjó[2]. Todo gran ejército ha impedido más batallas que las que ha librado. El prestigio ganado en un combate evita muchos otros, y no tanto por el miedo a la física opresión, como por el respeto a la superioridad vital del vencedor. Es decir, según el filósofo madrileño: ”El estado de guerra perpetua en que viven los pueblos salvajes se debe a que ninguno de ellos es capaz de formar un ejército y con él una respetable organización nacional”. Por tanto, el honor que un pueblo deba sentir está ligado al de su ejército, pero no porque sea el instrumento de defensa ante enemigos externos, no se trata de eso aclara Ortega, sino que: ”Lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales. Raza que no se siente ante sí misma deshonrada por la incompetencia y desmoralización de su organismo guerrero, es que se halla profundamente enferma e incapaz de agarrarse al planeta”. España Invertebrada.
En definitiva Ortega considera que, aunque la fuerza  represente sólo un papel auxiliar en los grandes procesos de incorporación nacional, es inseparable de ese talento o genio que poseen los pueblos creadores e imperiales. El mismo genio que inventa un programa sugestivo de vida en común sabe siempre forjar un ejército ejemplar, siendo éste la mejor propaganda y el símbolo más eficaz de ese proyecto.
 Próximo post: España Invertebrada primera parte: Particularismo y acción directa. ¿Por qué hay separatismo?





[1] Uno de los hombres más sabios e imparciales de nuestra época, el gran sociólogo y economista Max Weber, escribe: “La fuente originaria del concepto actual de ley fue la disciplina militar romana y el carácter peculiar de su comunidad guerrera.”(Wirtschaft und Gesellschaft, pág. 406; 1922.)

[2] No se oponga a esto la trivial objeción de que un pueblo puede ser más inteligente, sabio, industrioso, civil, artista que otro, y, sin embargo, bélicamente más débil. La calidad histórica de un pueblo no se mide exclusivamente por aquellas dotes. El “bárbaro” que aniquila al romano decadente, por ejemplo, era menos sabio que éste, y, sin embargo, no es dudosa la superior calidad histórica de aquél. De todos modos, la opinión arriba apuntada alude sólo a la normalidad histórica que, como toda regla, tiene sus excepciones y su compleja causística.

jueves, 10 de enero de 2013

España Invertebrada. Primera Parte. Conceptos de Incorporación y desintegración.

Expuestos los prólogos en entradas anteriores, en lo sucesivo, abordaremos plenamente la obra de Ortega -sin que ello signifique que los prólogos sean meramente accesorios; subrayada quedó su relevancia-. Por tanto, José Ortega y Gasset para el análisis que pretende llevar a cabo en “España Invertebrada”, tomará como ejemplo la narración de los destinos de Roma tal y como lo plantea Theodor Mommsen (1817- 1903)  -historiador alemán especialista en historia de Roma-  siendo éste según nuestro autor, el gran artífice y arquitecto de la “Historia de Roma” con mayor rigor científico que se haya podido construir. Ortega considera que el pueblo romano constituye un caso único en el conjunto de los conocimientos históricos: es el único pueblo que desarrolla entero el ciclo de su vida delante de nuestra contemplación, es la única trayectoria completa de organismo nacional que conocemos. Hemos asistido a su nacimiento, expansión, decadencia y extinción -otros ejemplos han sido fragmentarios a nuestros ojos, bien no los hemos visto nacer, bien todavía no han desaparecido-. Por lo que Ortega toma la “Historia de Roma” (1854-56) de Mommsen como modelo para perfilar el andamiaje conceptual de esta obra y así llevar a cabo su análisis de España. A continuación, para comenzar con la primera parte del libro -cuyo título reza: Particularismo y acción directa- expondremos los conceptos de INCORPORACIÓN Y DESINTEGRACIÓN.
1.CONCEPTO DE INCORPORACIÓN:
  Mommsen considera que: “La historia de toda nación, y sobre todo de la nación latina, es un vasto sistema de incorporación”. “Historia de Roma”. Ortega afirma que el papel de este principio -fundamental-  en historia, es análogo al del movimiento en física, es decir; comprenderemos bien la historia y sus fenómenos cuando tengamos una noción clara de lo que son los procesos de incorporación[1]. Con respecto a éstos, conviene señalar, que a menudo tropezamos con una propensión errónea muy extendida, procedente a su vez de otro error más elemental, a saber: Nos representamos la formación de un pueblo como el crecimiento por dilatación de un núcleo inicial, error que procede de otro que consiste en pensar que, el origen de la sociedad política -del Estado- es una expansión de la familia[2]. Es por tanto erróneo pensar, que la familia es la célula social y el Estado algo así como una familia que ha engordado.  Esta idea es un lastre para el progreso de la historia, la  sociología, la política…
¿Pero en qué consiste entonces el proceso de incorporación? La incorporación histórica no es dilatación de un núcleo inicial, sino que es la articulación de dos o varias colectividades distintas en una unidad superior, esto es; la organización de muchas unidades sociales preexistentes, en una nueva estructura. Incluso en la constitución de un organismo nacional, la identidad de raza no trae consigo la incorporación  -aunque la favorece y facilita el proceso-. La identidad de raza no implica conexión política alguna, es falso suponer por tanto, que la unidad nacional se funda en la unidad de sangre y viceversa. La diferencia racial subraya lo que hay de específico en la génesis de todo gran Estado. Ortega ve en “La Historia de Roma” de Mommsen el más claro ejemplo de ello, concretamente, en las páginas dedicadas a las etapas decisivas de la evolución de Roma, o mejor dicho, de su progresiva incorporación, y que nuestro autor utiliza con gran precisión para ilustrar la cuestión, a saber:
Primera etapa de la evolución: Roma es primero una comuna asentada en el monte Palatino -y las siete alturas inmediatas-; es la Roma Palatina, Septimontium o Roma de la montaña. Posteriormente, esta Roma se une con otra comuna fronteriza asentada sobre la colina del Quirinal, y desde entonces, hay dos Romas: la Palatina - de la montaña- y la Quirinal -de la colina. Segunda etapa de la evolución: Ahora bien, esta Roma Palatino-Quirinal vive entre otras muchas poblaciones análogas de una misma raza latina, pero con las que no poseía conexión política alguna. Por lo que Roma tuvo que someter a las comunas del Lacio - sus hermanas de raza-  por los mismos procedimientos que siglos más tarde tendría que emplear para integrar en el Imperio a gentes étnicamente diferentes como celtíberos y galos, germanos y griegos, escitas y sirios. Es decir; Roma obligó a sus hermanas del Lacio a constituir un cuerpo social, una articulación unitaria  que fue la “federación latina”. El paso inmediato fue dominar a etruscos y samnitas, las dos colectividades o pueblos de raza distinta, limítrofes del territorio latino. Logrado esto, el mundo italiota es ya una unidad históricamente orgánica. Tercera etapa de la evolución, también llamada la de la colonización: Poco después, en prodigioso crescendo, todos los demás pueblos conocidos desde el Atlántico al Caúcaso, se agregan -son agregados- al torso italiano formando la estructura gigante del Imperio. Por tanto, los estadios del proceso evolutivo, o mejor dicho, incorporativo, forman una línea ascendente: Roma inicial Palatina, Roma doble Palatino-Quirinal, federación latina  -pueblos del Lacio- , unidad italiota -incorporación de etruscos y samnitas-, Imperio colonial. Por tanto, tal y como apunta Ortega: “Este esquema es suficiente para mostrarnos que la incorporación histórica no es la dilatación de un núcleo inicial, sino más bien la organización de muchas unidades sociales preexistentes en una nueva estructura.” “España Invertebrada”.
Sin embargo en este punto, conviene aclarar una cuestión muy importante para evitar  malas interpretaciones de la misma. Como podemos observar en el ejemplo – aunque esta puntualización no se limita exclusivamente al mismo, sino que es válido para cualquier proceso de incorporación nacional que se someta a análisis- hay que incidir en que el núcleo inicial, ni se traga todos los pueblos que va sometiendo, ni anula el carácter de unidades vitales propias que antes tenían. Entorpece en gran medida en el análisis de la realidad histórica el suponer, que cuando de los núcleos inferiores -insistimos, sean étnicamente iguales o diferentes- se ha formado la unidad superior nacional, dejan aquellos de existir como elementos activamente diferenciados. Según Ortega, eso es falso. Ahora bien, la cohesión de esos núcleos  inferiores perdura, pero ahora dicha cohesión queda articulada como una parte en un todo más amplio -del organismo total resultante de la incorporación-  del cuál, el núcleo inicial también es una parte más, pero gozando evidentemente, de un rango privilegiado por ser el agente de la totalización. Es decir, que la fuerza de independencia que hay en esos núcleos incorporados perdura aunque sometida, esto es, se contiene su poder centrífugo por la energía central que los obliga a vivir como partes de un todo y no como todos aparte. Y basta con que la fuerza central escultora de la nación amengüe, para que se vea automáticamente reaparecer la energía secesionista de los grupos adheridos. A modo de ejemplo -y en lugar de Roma- Ortega va  introduciendo ya la cuestión española, aunque con ésta ocurre exactamente lo mismo que con Roma y los pueblos adheridos, a saber: “Lleva esta errónea idea a presumir, por ejemplo, que  cuando Castilla reduce a unidad española a Aragón, Cataluña y Vasconia, pierden estos pueblos su carácter de pueblos distintos entre sí y del todo que forman. Nada de esto: sometimiento, unificación, incorporación  no significan muerte de los grupos como tales grupos”. ”España Invertebrada”.
2. CONCEPTO DE DESINTEGRACIÓN:
Ahora bien, tratado el concepto de incorporación para delimitar la formación histórica de una nación, cabe decir que para nuestro autor, la propuesta de Mommsen es insuficiente para llevar a cabo tal tarea. De hecho, Ortega insiste en que la frase de Mommsen es incompleta y considera que: “La historia de una nación no es sólo la de su período formativo y ascendente: es también la historia de su decadencia”. “España Invertebrada”. Es decir, no es sólo el proceso de reconstruir las líneas de su progresiva incorporación; sino también la historia del proceso inverso, descendente, esto es, el proceso de una vasta desintegración. Por tanto para Ortega, es preciso que nos acostumbremos a entender toda unidad nacional, no como una coexistencia interna, sino como un sistema dinámico. Tan esencial para su mantenimiento es la fuerza central como la de dispersión  Ortega utiliza aquí a modo de ejemplo, una metáfora física muy clara: en los sistemas dinámicos son fundamentales para el equilibrio y/o estabilidad de los mismos, tanto la fuerza centrípeta como la centrífuga, aunque evidentemente Ortega, no está cayendo en un reduccionismo de la ciencia social a la natural-. Es decir, la energía unificadora, central, de totalización, necesita para no debilitarse de la fuerza contraria, necesita de la dispersión, del impulso centrífugo perviviente en los grupos porque de lo contrario, sin esa fuerza de estímulo, la cohesión se atrofia, la unidad nacional se disuelve, las partes se despegan, flotan aisladas y tienen que volver a vivir cada una como un todo independiente. Por ejemplo: Ortega - utilizando sus clásicas metáforas fisiológicas- considera que con respecto a esto, ocurre lo mismo que con un órgano del cuerpo humano; si no existiera la fatiga, el órgano se atrofiaría, su función ha de ser excitada, estimulada, que trabaje y se canse para que pueda nutrirse. Sin esos “daños” el organismo no funcionaria, no viviría.
Próximo post: España Invertebrada. Primera Parte: Particularismo y acción directa. Potencia de nacionalización. 



[1] Según la traducción del alemán: convivencia, ayuntamiento de moradas.
[2] Lejos de ser la familia el germen del Estado, es en varios sentidos todo lo contrario, es en primer lugar, posterior al Estado y, en segundo lugar, tiene el carácter de una reacción contra el Estado. Más adelante, en la exposición del primer apéndice: Nación, región y Estado; Ortega profundiza más en este punto.

viernes, 4 de enero de 2013

España Invertebrada: Prólogo a la cuarta edición.

En este segundo prólogo del libro, prólogo a la cuarta edición de “España Invertebrada”, de 1934, Ortega nos habla de la perspectiva histórica aplicada  a los problemas y cuestiones que en esta obra se tratan, así como la consideración que éstos merecen respecto de la misma. Consideraciones, que por cierto, hay que tener muy en cuenta para una correcta comprensión de la obra. Ortega en este prólogo, advierte a los lectores futuros de la presente obra acerca de la temporalidad de los hechos narrados, de su historicidad, y por ende, de las ideas que en esta obra aparecen. Ideas que - advierte Ortega-  se configuraron y plasmaron en la misma hace tiempo, concretamente, datan de hace casi quince años  -en 1934- y muchas de ellas vieron la luz por vez primera en numerosos artículos del periódico Sol. Ortega afirma que quince años suponen: “La unidad efectiva que articula el tiempo histórico y lo constituye.  Porque historia es la vida humana en cuanto que se  halla sometida a cambios de su estructura general”. España Invertebrada.
Ahora bien, para él, lo importante aquí, es que la estructura de la vida se transforma siempre de quince en quince años, y lo decisivo en el paso de un periodo a otro es el cambio de organización general, la arquitectura y la perspectiva de la existencia - y lo de menos son los elementos que continúan y los que desaparecen en ese cambio de periodos-. La vida “humana” en una época y en otra significan cosas diferentes -no es lo mismo en 1921, año de publicación de la obra, que en 1934, año en que Ortega añade éste prólogo-, porque “la faena, el quehacer” de vivir  implica siempre tratar con diversos y diferentes problemas a lo largo del tiempo. Por tanto Ortega advierte que las ideas que aparecen en la obra, por un lado; puede que no se acaben de comprender bien por el tiempo transcurrido desde su gestación - ya que, al no ser éstas tan antiguas, no puedan acogerse a las ventajas de la arqueología-, y por otro lado; puede que en 1921 estas ideas fueran extemporáneas, es decir, que fueran una anticipación de los hechos que estarían por venir y que sólo en el presente -1934- fueran consideradas adecuadamente. Subrayado esto, Ortega insiste en que muchas de las ideas de esta obra -insinuadas en ella por vez primera- tardaron muchos años en salir de España y volver a refluir hacia nuestro país. Ahora bien, algunas de estas ideas han podido ser consideradas como la última palabra, cuando en realidad no es así. Fuera, sólo han recibido: “falsificación, desmesuramiento y su petrificación en tópicos” afirma Ortega.
Sin embargo, de todas las ideas que aparecen en el libro las que más le interesan son las que todavía siguen siendo anticipaciones, las que todavía no se han cumplido, ni todavía son hechos. Como por ejemplo: El fracaso de las masas  -de toda clase-  en su pretensión de dirigir la vida europea, porque están haciendo ya la experiencia inmediata de su propia inanidad, han pasado años con la petulancia como único principio animador - como único principio vital-.  Ortega según todo lo que acontece en su época percibe una sensación vital de vacío. Y afirma que, más allá de esa petulancia, el hombre occidental europeo -incluido el español- descubrirá en sí mismo un nuevo estado de espíritu, y que además será el máximo al que podrán llegar: la resignación. Sólo sobre ella dice Ortega, se podrá iniciar la nueva construcción: “Pero entonces se verá con gran sorpresa, que la exaltación de las masas -nacionales y obreras-  llevada al paroxismo en los últimos treinta años, era la vuelta ineludible que la realidad histórica tenía que tomar para hacer posible el auténtico futuro, que es, en una u otra forma, la unidad de Europa”. España Invertebrada.
 La aparición de “España Invertebrada” tuvo mayores consecuencias fuera de España que dentro. Es más, Ortega en un principio, se opuso a su publicación en países como Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Alemania, que por aquel entonces “parecían” intactos en su perfección, eran países modelo, y este libro presentaba y destapaba todas las lacras del nuestro. Ahora bien, por aquel entonces nuestro autor ya sabía que muchas de estas lacras padecidas por España también eran -aunque secretamente-  padecidas por esos países mencionados, por lo que era inútil intentar mostrarlo entonces. ¿Cómo iba a comparar las miserias españolas con las de esos cuatro grandes países? Ortega ya anticipó que el siglo XX sería un siglo de situaciones dictatoriales, que éstas eran una irremediable enfermedad de la época y el castigo condigno de sus vicios. Por tanto, consideró preferible centrarse en los problemas de España renunciando a complicarlos con los “menos patentes” del extranjero -aunque en esencia muchos están íntimamente relacionados- .Su obra en la época en la que vio la luz fue considerada por él mismo como un secreto doméstico. Ahora bien, Ortega considera que en el año en que añade este prólogo -1934- se ha podido ver como ciertos males profundos son comunes a todo Occidente, y por tanto, ya no se opuso a su publicación a otras lenguas.
Por último, insistir de nuevo en que Ortega advierte al lector de que éste no va a enfrascarse en la lectura de un libro en sentido estricto. Este texto tiene una inspiración pragmática para el autor, como ya se señala en el anterior prólogo. Es una orientación personal de Ortega con respecto a los destinos de la nación a la que se adscribe, a su historia; ya que no puede no tener en cuenta esa circunstancia. Tal y como el propio Ortega afirma: “ Si yo hubiese encontrado libros que me orientasen con suficiente agudeza sobre los secretos del camino que España lleva por la historia, me habría ahorrado el esfuerzo de tener que construirme malamente, con escasísimos conocimientos y materiales, a la manera de Robinson, un panorama esquemático de su evolución y de su anatomía”. España Invertebrada. Por tanto, Ortega concibe esta obra como una aclaración personal acerca de España para así evitar en su conducta, por lo menos, las grandes estupideces, al tiempo que invita al lector que sienta la misma desorientación que él, a leerla, y lo hace con una precisa y acertada metáfora fisiológica –metáforas fisiológicas utilizará a lo largo de toda la obra-:”Alguien en pleno desierto se siente enfermo,  desesperadamente enfermo. ¿Qué hará? No sabe medicina, no sabe casi nada de nada. Es sencillamente un pobre hombre a quien la vida se le escapa. ¿Qué hará? Escribe estas páginas, que ofrece ahora en cuarta edición a todo el que tenga la insólita capacidad de sentirse, en plena salud, agonizante y, por lo mismo, dispuesto siempre a renacer”. España Invertebrada.
Acabado este segundo prólogo y antes de comenzar con la obra, el propio Ortega incluye una nota fundamental -de nuevo a modo de advertencia para el lector-  que resulta imprescindible tener en consideración: “No creo que sea completamente inútil para contribuir a la solución de los problemas políticos distanciarse de ellos por algunos momentos, situándolos en una perspectiva histórica. En esta virtual lejanía parecen los hechos esclarecerse por sí mismos y adoptar espontáneamente la postura en que mejor se revela su profunda realidad. En este ensayo de ensayo es, pues, el tema histórico y no político. Los juicios sobre grupos y tendencias de la actualidad española que en él van insertos no han de tomarse como actitudes de un combatiente. Intentan más bien expresar mansas contemplaciones del hecho nacional, dirigidas por una aspiración puramente teórica y, en consecuencia, inofensiva”.  España Invertebrada.
Próximo post: España Invertebrada primera parte: Particularismo y acción directa. Conceptos de incorporación y desintegración.