viernes, 22 de febrero de 2013

España Invertebrada. Primera Parte. Reflexiones finales.

Bajo el título de "Reflexiones finales" expondremos en este post, una recapitulación y algunas reflexiones sobre la primera parte de “España Invertebrada”,  tarea que consideramos totalmente oportuna para afrontar la segunda parte de la obra en próximas entradas. Dejando a un lado los prólogos, y sin detenernos excesivamente en las herramientas conceptuales que el autor utiliza para llevar a cabo su análisis de España – nos referimos a los dos primeros puntos de la obra: “Incorporación y desintegración” y “Potencia de nacionalización”-,  repasaremos de acuerdo con el filósofo madrileño el resto de contenidos. Para analizar el problema español, Ortega y Gasset parte de un fenómeno observado a principios del siglo XX, y al que considera como uno de los más característicos de la vida política española en los últimos años. Éste no es otro que la aparición de movimientos de secesión étnica y territorial, esto es: nacionalismos, regionalismos y separatismos  –principalmente el autor citará, y en no pocas ocasiones, los nacionalismos vasco y catalán por ser los más representativos-. Por tanto Ortega se interrogará acerca de la causa de dichos movimientos. Es decir: ¿Por qué hay separatismo en España?
Por el momento no da una respuesta definitiva a la pregunta, sino que a partir de la misma comienza a desplegar su análisis. Ortega considera que la mayor parte de los ciudadanos creen que el “nacionalismo” es un movimiento artificioso extraído de la nada, sin causas ni motivos profundos, que empieza de repente hace unos cuantos años, debido a que una serie de individuos –los nacionalistas- , movidos caprichosamente por codicias económicas, soberbias personales y envidias más o menos privadas, deliberadamente llevan a cabo esa labor de despedazamiento nacional. Es más, creen que el único modo de resolver el asunto pasa por hacer uso de todo el poder del que dispone el Estado central, ahogando esos movimientos por directa estrangulación. Ahora bien, pensar así implica considerar que España era una masa homogénea, un volumen compacto, sin discontinuidades cualitativas y sin diferencias interiores. Ello significa padecer un grave defecto ocular –como afirmaría el propio Ortega-, poseer una percepción errónea de la realidad histórica nacional. De acuerdo con el filósofo madrileño, España es una cosa creada, forjada por Castilla, un todo compuesto por distintas partes – por diferentes unidades sociales-. La génesis de España es el resultado de un proceso de incorporación[1] iniciado por Castilla, imponiéndose a otras unidades sociales existentes en la península,  y culminado con la unión de los dos grandes reinos con las dos políticas internacionales más importantes de la misma, a saber: la propia Castilla y Aragón. Castilla fue la primera en superar el hermetismo aldeano y rural del resto de pueblos ibéricos y pensar un sugestivo proyecto político de futuro que poder realizar. Aragón no tardó en aceptar el ofrecimiento de Castilla porque comprendió la necesidad de participar en él, de participar de una “España” mayor con una política internacional de “altos vuelos”.  
Ahora bien,  con respecto a ello Ortega se pregunta: ¿Con qué fin se lleva a cabo dicha unión? La unión no se lleva a cabo con la idea de convivir juntos sin más, sino todo lo contrario, se hace para crear un imperio aún más amplio. La unidad de España se hace para esto y por esto. Ese proyecto sugestivo de vida en común y la colaboración necesaria que de ahí nace fue lo que posibilitó el proceso de incorporación nacional. Evidentemente, ese proceso de crecimiento no fue indefinido, sino que alcanzó su cenit. El punto de inflexión, el límite que traza Ortega como línea divisoria de los destinos peninsulares lo encontramos en el año 1580. Hasta aquí la historia de España había sido ascendente y acumulativa  -el proceso incorporativo fue en crecimiento hasta Felipe II-  pero a partir de aquí será decadente y dispersiva, comenzando el proceso de desintegración del imperio[2] de la periferia al centro.  ¿Termina aquí entonces el proceso de desintegración? La respuesta es negativa. Aquí no termina el proceso de desintegración sino que continúa en la península. Llegados a este punto, nuestro autor introduce en el análisis el concepto de particularismo. Para su correcta comprensión, cabe recordar que el proceso incorporativo consistía en una faena de totalización, esto es: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo, mientras que la desintegración era el proceso inverso, las partes del todo –las diferentes unidades sociales existentes en la nación- comienzan a vivir como todos aparte –que no como partes independientes fuera del todo-. Este fenómeno de la “vida histórica” denominado “particularismo” es considerado por el filósofo madrileño como el rasgo más profundo y grave de la actualidad española. Por tanto, retomamos de nuevo  la cuestión del nacionalismo, regionalismo y separatismo por su estrecha vinculación con el concepto de particularismo, ya que el mismo está en la base de estos movimientos de secesión, adquiriendo por ello una especial relevancia. Todavía sin mostrar su tesis al respecto claramente, Ortega piensa que los nacionalismos catalán y vasco son la manifestación más acusada del estado de descomposición en que se halla nuestro pueblo. Ambos suponen una prolongación de la dispersión iniciada hace tres siglos.
En lo sucesivo, nuestro autor aclarará en qué consiste dicho concepto, haciendo referencia al proceso de gestación de España cuando lo considera oportuno. La actitud particularista implica un desinterés total hacia los demás –el resto de partes-. Es más, una característica fundamental de este estado social es la hipersensibilidad para los propios males, esto es: los problemas de cada parte –de cada uno-  son más importantes que los del resto, y las “ofensas” provenientes de las demás partes –los otros- son intolerables. Ortega quiere corregir el pensamiento político al uso, que busca el mal radical del nacionalismo catalán y vasco precisamente en Calaluña y en Vasconia, cuando no es allí dónde se encuentra. Porque de acuerdo con él, cuando una sociedad se consume víctima del particularismo el primero en mostrarse particularista es el poder central, como es el caso concreto de España. Castilla hizo a España y Castilla la deshizo. Es decir: Castilla como núcleo inicial de la incorporación ibérica, acertó a superar su propio particularismo e “invitó”[3] a los demás pueblos peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Ahora bien, todas esas aspiraciones se tornaron tópicos petrificados –desapareció el dinamismo originario- y Castilla empleó todas sus energías en conservar el pasado –la tradición- olvidándose de toda innovación futura. Así se convirtió en lo opuesto de sí mismo, se volvió suspicaz, angosta y sórdida. Comenzó a hacerse particularista. De acuerdo con Ortega, todos los poderes nacionales  -especialmente Monarquía e Iglesia- han mirado para sí mismos durante tres siglos, se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales. Así, la política española durante todo ese tiempo ha sido particularista. Por tanto, en lugar de renovar periódicamente las ideas vitales para llevar a cabo empresas -fomentando así la unión-  el poder público ha ido triturando la convivencia española y ha usado su fuerza “nacional” casi exclusivamente para sus fines privados.
 Por todo ello, Ortega y Gasset respecto a los nacionalismos -en concreto, el catalán y el vasco- concluirá que, lo fundamental en los mismos no es lo que reflejan sus discursos  diferencias étnicas, idioma propio, crítica a la política central…- sino  lo que no se advierte, esto es: lo que tienen en común con el largo proceso de secular desintegración de España y con el particularismo latente y distintamente modulado que existe en el resto del país. De este modo, interpreta el secesionismo vasco-catalán como un caso específico de particularismo más general existente en toda España.
El particularismo, nos dice Ortega, no es una actitud exclusiva del nacionalismo, sino que abarca un amplio espectro de la sociedad española. El proceso de incorporación en que se organiza una gran sociedad articulada por grupos étnicos o políticos diversos, implica que conforme ese “cuerpo nacional” crece y se complican sus necesidades, surge el contrapunto de un proceso diferenciador que divide al mismo en clases, grupos profesionales, oficios, gremios…esto es, en agrupaciones diversas de individuos asociadas en torno a una actividad determinada. Respecto a los grupos étnicos incorporados, éstos ya existían como todos independientes antes de la incorporación, en cambio, las clases y los grupos profesionales nacen ya como partes de ese todo  -o cuerpo nacional-, por lo que no podrían subsistir por sí solos, sino que necesitan de las demás partes y en definitiva: ser partes inseparables de una estructura -el cuerpo público- que los envuelve y lleva. De ahí la necesidad de que cada clase y gremio mantenga la conciencia de que hay otras de cuya cooperación necesitan, y que éstas son tan respetables como la suya propia  -y si sus hábitos no se toleran en parte, por lo menos han de ser conocidos-.  Ahora bien: ¿Cómo se mantiene despierta esta corriente profunda de solidaridad y cooperación? La convivencia nacional –Ortega insiste contínuamente en este punto- es una realidad activa y dinámica, no es coexistencia pasiva y estática. La nacionalización  proceso de formación de una nación- se produce en torno a grandes y sugestivas empresas de futuro que exigen de todas las partes disciplina y mutuo aprovechamiento para sacar el máximo rendimiento. Por ello cuando ésto falta, cada clase o gremio pierde la sensibilidad hacia el resto de clases o gremios -no percibe su contacto y presión alrededor- creyéndose así, que sólo ella existe, que ella es “un todo”. Este es el particularismo de clase –o gremial-  que es un síntoma mucho más grave de descomposición que los movimientos de secesión étnica y territorial, porque como ya se ha dicho, clases y gremios son partes de un todo –cuerpo nacional- en un sentido más radical que los núcleos étnicos y políticos.
 Ortega entiende que la vida social española ofrece un extremado ejemplo de este atroz particularismo. España se articula, se vertebra –o mejor dicho, se no-articula- por medio de una serie de compartimentos estancos, es una nación invertebrada -si es que de algún modo podemos llamarla “nación”-. Cada clase y cada gremio vive herméticamente cerrado dentro de sí mismo, polarizado en sus tópicos gremiales –que hasta cierto punto es normal-, y les trae sin cuidado lo que acaece en el recinto de los demás. De hecho, nuestro autor afirma: "...díficil será imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad".  Este particularismo no es ajeno a casi ninguna de las partes orgánicas de España, y se presenta siempre que en una clase o gremio, por la razón que sea, se produce la ilusión intelectual de creer que los demás no existen como plenas realidades sociales, o cuando menos, no merecen existir. Todos los gremios, clases, grupos, partes… han pasado por momentos en los que, perdida la fe en la organización nacional y embotada su sensibilidad para los demás grupos fraternos, han creído que su misión consistía en imponer directamente su voluntad. Dicho de otro modo: Ortega afirma que: “Todo particularismo conduce inexorablemente a la acción directa”. Ahora bien: ¿Qué es la acción directa y en qué consiste? Una nación –en estados normales de nacionalización- es una ingente comunidad de individuos y grupos que cuentan los unos con los otros -aunque este contar con el prójimo no implique necesariamente simpatía hacia él-, y en la que cuando alguna clase desea algo, debe esforzarse por obtenerlo a través de la voluntad general, es decir, debe buscar previamente un acuerdo con los demás, tratar de convencerlos, y de este modo recibir la consagración de la legalidad. Tal esfuerzo es la acción legal. Evidentemente esta función de contar con los demás tiene sus órganos peculiares: las instituciones públicas tendidas entre individuos y grupos como resortes de la solidaridad nacional. Eso es lo normal. Sin embargo, en el caso concreto de España, cualquier clase o gremio está atacado de particularismo y se siente humillado cuando piensa que para lograr sus deseos necesita recurrir a esas instituciones u órganos públicos del contar con los demás. Esa humillación se traduce en repugnancia por el resto de clases y gremios, adquiriendo mayor virulencia si se trata de la clase política, convirtiéndose ésta en el blanco de la ira nacional, cuando realmente el desprecio no sólo va dirigido a este gremio, sino a la totalidad de la sociedad. Respecto a ello, Ortega insiste en que si prestamos oídos a la opinión generalizada, parece que los políticos son los únicos españoles que no cumplen con su deber, ni gozan de las cualidades para cumplir con el mismo, mientras que el resto de grupos, clases o gremios están muy bien dotados, viendo anuladas sus virtudes y talentos por la fatal intervención de esa clase tan perversa, mal dotada e interesada que son los políticos.
 Sin embargo Ortega piensa que los políticos son fiel reflejo de los vicios étnicos de España, y considera que aún son un punto menos malos que el resto de nuestra sociedad. Ahora bien, nuestro autor reconoce que hay muchas causas justificadas de la repugnancia que las demás clases sienten hacia el gremio de los políticos, pero para él la decisiva es la siguiente: al político se le odia más que como gobernante como parlamentario, porque simboliza o representa el órgano de la convivencia nacional, el órgano demostrativo de trato y acuerdo entre iguales: el parlamento. Y eso es lo que en secreto, produce irritación en las conciencias de clase en España: tener que contar con los demás, a quienes en el fondo se desprecia u odia. De este modo, en España el particularismo de las clases sociales o gremios, no es de orden racional, sino de orden emotivo y espontáneo. Cada grupo se considera como el todo social  por desprecio del otro, por un exceso de egoísmo y prepotencia o por ambas cosas a la vez. Ese es el estado de conciencia según Ortega, que actúa en el subsuelo espiritual de casi todas las clases españolas.
Por tanto, para terminar con éste post en el que hemos llevado a cabo la mencionada recapitulación de la primera parte de "España Invertebrada", sólo queda incidir en las conclusiones a las que llega Ortega tras el análisis realizado. El filósofo madrileño insiste en que cualquier cambio, movimiento, revolución… de la índole que sea, jamás podrá triunfar a base de exclusiones, afirma cuán penoso es observar cómo desde hace muchos años en el periódico, sermón o mitin, se renuncia a convencer al infiel y sólo se habla al parroquiano convicto –actitud que al lector, también resultará familiar en nuestros días-.  A esto se debe el progresivo empequeñecimiento de los grupos de opinión. Es decir, en España cada grupo, clase o gremio son enemigos de intentar convencer con sus ideas al resto, porque creen que todo aquel que es de su grupo, ha de serlo eternamente.  A los españoles, afirma Ortega: “Nos falta la cordial efusión del combatiente y nos sobra la arisca soberbia del triunfante. No queremos luchar: queremos simplemente vencer. Como esto no es posible, preferimos vivir de ilusiones y nos contentamos con proclamarnos ilusamente vencedores en el parvo recinto de nuestra tertulia de café, de nuestro casino, de nuestro cuarto de banderas o simplemente de nuestra imaginación”. España Invertebrada. Quién desee por tanto, que España entre un período de consolación, de esperanza, y en serio ambicione la victoria, deberá contar con los demás, aunar fuerzas, y “excluir toda exclusión” reseña el filósofo.[4] El autor piensa que la insolidaridad produce un fenómeno muy característico en la vida pública de nuestro país: cualquier clase, grupo o gremio tiene fuerza para deshacer, pero nadie tiene fuerza para hacer, ni siquiera para asegurar sus propios derechos. En España hay escasas energías, y como las pocas que hay no consigamos unirlas, nada cambiará en este país, y lo que es peor, imposibilitará el cambio en un futuro, como poco, a corto y medio plazo. Para finalizar, el autor muy acertadamente rescata una frase de “El Quijote”[5]  para mostrarnos que la mejor política va sugerida en el humilde apotegma de Sancho:”En trayéndote la vaquilla, corre con la soguilla”. El Quijote. Pero en lugar de correr con la soguilla, afirma Ortega, parecemos resueltos a ir despedazando cruelmente todas las vaquillas.





[1] Léanse las entradas tituladas: “Incorporación y desintegración” y  ¿Por qué hay separatismo?”.
[2] Léanse  las entradas tituladas: “Incorporación y desintegración” y  Particularismo”.
[3] Léanse las entradas “Incorporación y desintegración” y “Potencia de nacionalización”.
[4] En 1915 Ortega escribía:”No somos de ningún partido actual porque las diferencias que separan unos de otros responden, cuando más, a palabras y no a diferencias reales de opinión. Hay que confundir los partidos de hoy para que sean posibles mañana nuevos partidos vigorosos”. Revista España, número 1. [En Obras Completas, vol. X. pág.273.]
[5] De acuerdo con Ortega, “El Quijote” es una obra fundamental en la comprensión de nuestro carácter como pueblo.

miércoles, 13 de febrero de 2013

España Invertebrada. Primera parte. Acción directa.

En el anterior post explicábamos como Ortega entendía el particularismo de las clases sociales y/o gremios, quedando  muy bien ejemplificado en la exposición que éste realiza del caso del ejército –grupo militar-.  El filósofo madrileño afirmaba, en clara referencia a ese particularismo de las clases sociales descrito que, España es una estructura  articulada  por “compartimentos estancos”  más bien no-articulada-  en la que cada clase, gremio o grupo se plegaba sobre sí mismo, hermetizándose y desentendiéndose por completo del resto de grupos, clases, gremios…actitud ésta, que llevaba a cada grupo a querer imponer directamente su voluntad al resto, o lo que es lo mismo: el particularismo llevaba inexorablemente a la acción directa. En este último post sobre la primera parte de “España Invertebrada”analizaremos primeramente, de acuerdo con Ortega, el concepto de ACCIÓN DIRECTA, análisis en el que vuelve a salir a la palestra la cuestión de la clase política[1]; y a continuación, en segundo lugar, como ejemplo interesante de este concepto -y que nuestro autor también, de modo breve, desarrolla en su obra-  expondremos a grandes rasgos, sin concretar ningún caso en particular, una serie de hechos acaecidos a lo largo del siglo XIX conocidos como los “PRONUNCIAMIENTOS” militares –recurriendo de nuevo al grupo militar como ejemplo significativo-.
1.ACCIÓN DIRECTA:
Ortega subraya que el particularismo se presenta siempre que en una clase o gremio, por la razón que sea, se produce la ilusión intelectual de creer que los demás  no existen como plenas realidades sociales, o cuando menos, no merecen existir: “…particularismo es aquel estado de espíritu en que creemos no tener por qué contar con los demás. Unas veces por excesiva estimación de nosotros mismos, otras por excesivo menosprecio del prójimo, perdemos la noción de nuestros propios límites y comenzamos a sentirnos todos independientes”. España Invertebrada. Pensamos que no necesitamos de los demás cuando en realidad hay una interdependencia. Ahora bien, una nación es a la postre, una ingente comunidad de individuos y grupos que cuentan los unos con los otros, pero este contar con el prójimo no implica necesariamente simpatía hacia él. De acuerdo con Ortega, en estados normales de nacionalización, cuando una clase desea algo para sí, trata de alcanzarlo buscando previamente un acuerdo con los demás. Se cree obligada a obtenerlo a través de la voluntad general recibiendo de ella la consagración de la legalidad. Tal esfuerzo para convencer a los demás y obtener de ellos que acepten nuestra particular aspiración es la ACCIÓN LEGAL.  Evidentemente, esta función de contar con los demás tiene sus órganos peculiares: las  instituciones públicas, tendidas entre individuos y grupos como resortes de la solidaridad nacional.
Eso es lo normal, ahora bien, en el caso concreto de España, cualquier clase o gremio está atacado de particularismo y se siente humillado cuando piensa que para lograr sus deseos necesita recurrir a esas instituciones u órganos públicos del contar con los demás, de ahí su repugnancia cuando tienen que solicitar una gracia para el cumplimiento de sus deseos particulares al parlamento. Repugnancia que suele disfrazarse de desprecio hacia los políticos -lo cual es una apariencia según Ortega-, y que es extensible a todas las clases y gremios españoles. Parece que los políticos  -la clase política- son los únicos españoles que no cumplen con su deber, ni gozan de las cualidades para cumplir con el mismo, mientras que el resto de grupos, clases o gremios están muy bien dotados, pero ven anuladas sus virtudes y talentos por la fatal intervención de esa clase tan perversa, mal dotada e interesada que son los políticos –independientemente de la buena o mala dotación de los individuos que pertenecen a unos gremios u otros, la cuestión no se reduce únicamente a eso, sino que es más profunda -.
 Ahora bien se pregunta Ortega, si eso fuera verdad… “¿Por qué España, pueblo de tan perfectos electores, se obstina en no sustituir a esos perversos elegidos?”. Esa actitud de rechazo es aparente, es pura hipocresía e insinceridad: “Poco más o menos, ningún gremio nacional puede echar nada en cara a los demás. Allá se van unos y otros en ineptitud, incultura, falta de generosidad y ambiciones fantásticas”. España Invertebrada. Nuestro autor considera que los políticos –a principios del siglo XX- son fiel reflejo de los vicios étnicos de España, y aún son un punto menos malos que el resto de nuestra sociedad[2]. Es más, reconoce que hay muchas causas justificadas de la repugnancia que las demás clases o gremios sienten hacia el gremio de los políticos, pero para él, la causa decisiva es que este gremio simboliza la necesidad de contar con los demás en la que está toda clase. Por ello se odia al político más que como gobernante, como parlamentario, ya que el PARLAMENTO es el órgano de la convivencia nacional, demostrativo de trato y acuerdo entre iguales. Y eso es lo que hoy en secreto, afirma Ortega, produce irritación en las conciencias de clase en España: tener que contar con los demás, a quienes en el fondo se desprecia u odia. “La única forma de actividad pública que al presente, por debajo de palabras convencionales satisface a cada clase, es la imposición inmediata de su señera voluntad; en suma, la acción directa[3]”. España Invertebrada.
En definitiva el autor incide en que: “Acción directa podríamos llamar a toda acción que se hace hoy día en asuntos públicos en España y su intensidad depende de la fuerza material con la que cada gremio cuenta”. España Invertebrada.  Es decir, en España el particularismo de las clases sociales o gremios, no es de orden racional, sino de orden emotivo y espontáneo. Cada grupo se considera como el todo social  por desprecio del otro, por un exceso de egoísmo y prepotencia o por ambas cosas a la vez. Ese es el estado de conciencia según Ortega, que actúa en su época en el subsuelo espiritual de casi todas las clases españolas.
2.PRONUNCIAMIENTOS:
Ortega y Gasset piensa que la acción directa y la cerrazón mental - considera que el no contar con los demás, tiene su causa inmediata en una falta de inteligencia y de perspicacia, cuanto más torpes y cortos de miras seamos, con más facilidad nos olvidamos de que el otro existe- de la que proviene, se presentan ya en nuestra historia del siglo XIX, pero a menor escala, en aquel fenómeno tan “castizo" -como lo denomina-  conocido como los PRONUNCIAMIENTOS. Dicho fenómeno, como ya hemos mencionado anteriormente, le sirve como ejemplo significativo del concepto de acción directa expuesto, ahora bien, nuestro autor se limita a explicar varios rasgos de los “Pronunciamientos” militares que vienen al caso, no se adentra pues en su psicología.
El filósofo madrileño, nos explica que aquellos coroneles y generales que se pronunciaron, heróicos a la par que ingenuos, cerrados de mollera, estaban convencidos de su “idea”. Ahora bien, convencidos, pero no como una persona normal sino como lo está un imbécil o un loco, esto es; como aquel que una vez que se ha convencido de algo al mismo tiempo cree que están convencidos de ello todos los demás mortales, y por tanto, no cree necesario intentar persuadir a los demás poniendo los medios oportunos, sino que le basta con “proclamar o pronunciar su  opinión” como la absoluta verdad, repercutiendo en todos aquellos que no sean miserables o perversos. De este modo aquellos coroneles y generales  -“Los pronunciados”- pensaron que dando el grito en su cuartel el resto de España iba a responder a la llamada. Consecuencia de ello fue que los conspiradores no se preocuparan de preparar fuerzas auxiliares por si acaso, sino que daban por hecho el triunfo, jamás pensaron que fuera necesario luchar, teniendo fe ciega en que casi todo el mundo, en secreto, opinara como ellos. Es por eso que creían en el efecto mágico de “Pronunciar una frase” tras la que todo el mundo les seguiría, tomando de esta forma el PODER PÚBLICO sin tener que luchar.
Ahora bien, con respecto a ello Ortega reseña que, para que no hayan malinterpretaciones no hay que entender que la inquietud particularista descrita en estas páginas haya engendrado un ambiente de feroz lucha entre unas clases –o gremios-  y otros, sino que por desgracia ha ocurrido todo lo contrario: hay disociación, pero lo que podía hacerla fecunda, que no es otra que una impetuosa voluntad de lucha y de combate para llevarnos a una recomposición, falta por completo. Porque como cada clase tiene el convencimiento del loco, y se cree victoriosa de antemano como se ha dicho anteriormente, no reconoce la existencia de ningún enemigo y  por lo tanto, si hay alguna oposición, no es una fuerza poderosa, peligrosa, y por ello respetable, que pudiésemos considerar como un enemigo. Esto implica consecuentemente no necesitar aunar colaboraciones y  fuerzas a través de la persuasión, la dialéctica, la astucia y la cordialidad. Así tomará posesión de lo conquistado, por vía directaEn conclusión, Ortega y Gasset considera que casi todos los movimientos políticos de los últimos años en España reproducen esos caracteres de los “pronunciamientos”. La acción directa en suma, es la táctica del victorioso, no la del luchador o combatiente –que son actitudes totalmente divergentes-. Como ejemplos de acción directa, el autor también menciona brevemente dos movimientos más:  uno de ellos, el intento de revolución en 1917 de republicanos, socialistas y obreros, también conocida como “La crisis de 1917”, y el otro, “El Maurismo”. Ahora bien, no nos vamos a detener en los mismos porque consideramos que con la exposición del ejemplo de los pronunciamientos es suficiente para ilustrar el concepto que aquí se trata, por lo que no vemos necesario ni conveniente desarrollar el post como una batería de ejemplos. Con ello acabamos el análisis y exposición de la primera parte de “España Invertebrada”, sin embargo cabe puntualizar que, antes de dar paso al desarrollo de la segunda parte: “La ausencia de los mejores”, en la próxima entrada, llevaremos a cabo -siguiendo a Ortega-  una serie de reflexiones sobre la primera parte de la obra.
Próximo post: España Invertebrada. Primera Parte. Particularismo y acción directa: Reflexiones finales.


[1] Cuestión que en estos días –principios del siglo XXI-,  también resultará familiar al lector, no sólo por la buena o mala gestión llevada a cabo por este gremio, sino mayormente, por el “fenómeno” complejo de la corrupción, que tanto protagonismo ha adquirido en la actualidad.  Ahora bien, conviene dejar al margen la inevitable comparación que pueda surgir acerca de prácticas corruptas en el seno de dicha clase en una  época  y otra, es decir;  plantearse si a principios del siglo pasado se daban o no, y si se daban, en qué grado y de qué modo se daban entonces. Es más, incidir en esa cuestión implica tener que definir aquello que sea “la corrupción”, y Ortega, creo, ni le interesa, ni tiene ninguna intención de hacerlo en el desarrollo del libro. Estas cuestiones son superficiales, incluso innecesarias para la tarea que lleva a cabo en esta obra. Las alude desde la lejanía, pero ni siquiera se detiene a precisarlas.
[2] Con respecto a ello Ortega afirma que: “Estos días asistimos a la catástrofe sobrevenida en la economía española por la torpeza y la inmoralidad de nuestros industriales y financieros. Por grandes que sean la incompetencia y desaprensión de los políticos, ¿quién puede dudar que los banqueros, negociantes y productores les ganan el campeonato?” España Invertebrada.

[3] Ortega subraya que este término fue acuñado para denominar cierta táctica de la clase obrera.   “Los obreros llegaron a la idea de semejante táctica por un lógico desarrollo de su actitud particularista; es decir, insolidarios de la sociedad actual, consideran que las demás clases sociales no tienen derecho a existir por ser parasitarias, esto es, antisociales. Ellos, los obreros, no son una parte de la sociedad, sino que son el verdadero todo social, el único que tiene derecho a una legítima existencia política. Dueños de la realidad pública, nadie puede impedirles que se apoderen directamente de lo que es suyo. La acción indirecta o parlamentarismo, equivale a pactar con los usurpadores, es decir, con quienes no tienen legítima existencia social”. España Invertebrada. Ahora bien, el particularismo obrerista procede de una teoría, y por lo tanto es un fenómeno histórico muy distinto del particularismo espontáneo y emotivo que Ortega atribuye a las clases sociales en España. Por ser aquel teórico, de orden racional, como la geometría o el darwinismo, puede existir en todos los pueblos cualquiera que sea la densidad de su cohesión. El particularismo obrerista no es pues, un fenómeno peculiar de España; lo es, en cambio, el particularismo del industrial, del militar, aristócrata, empleado…

martes, 5 de febrero de 2013

España Invertebrada. Primera Parte. Compartimentos estancos.

Analizado en el anterior post el concepto de particularismo y, expuesta la tesis de Ortega acerca del nacionalismo como un caso específico de particularismo más general existente en toda España, en esta entrada, como ya anticipamos, el filósofo madrileño demuestra de un modo más contundente dicha tesis, analizando otro fenómeno característico de nuestro pueblo que no tiene nada que ver con regiones, pueblos y razas: El particularismo de las clases sociales. Dicho fenómeno lo expondremos en dos partes, en primer lugar hablaremos del “particularismo de las clases sociales” propiamente dicho - o compartimentos estancos-; y en segundo lugar, expondremos como ejemplo fundamental de ese particularismo gremial el caso del grupo militar  -el ejército-,  gremio que nuestro autor considera clave en nuestra historia[1].
1.COMPARTIMENTOS ESTANCOS:
De acuerdo con Ortega, el proceso de incorporación  -unificación- en que se organiza una gran sociedad articulada por grupos étnicos o políticos diversos implica que; conforme ese “cuerpo nacional” crece y se complican sus necesidades, surge el contrapunto de un proceso diferenciador que divide al mismo en clases, grupos profesionales, oficios, gremios…esto es, en diversas agrupaciones de individuos asociadas en razón de prácticas y/o actividades comunes. Con respecto a los grupos étnicos incorporados, éstos ya existían como todos independientes antes de la incorporación, en cambio las clases y los grupos profesionales nacen ya como partes de ese todo  -o cuerpo nacional-, por tanto no podrían subsistir por sí solos, necesitan de las demás partes y en definitiva, ser partes inseparables de una estructura -el cuerpo público- que los envuelve y lleva. Por eso, y de acuerdo con Ortega: “Habrá, por tanto, salud nacional en la medida que cada una de estas clases y gremios tenga viva conciencia de que es ella meramente un trozo inseparable, un miembro del cuerpo público” España Invertebrada. Por ejemplo: El industrial necesita del productor de materias primas, del comprador y distribuidor de sus productos, del gobernante que legisla en materia comercial etc…Ahora bien, todo oficio u ocupación trae consigo una tendencia inercial –que por otra parte, es normal- a encerrarse cada vez más en sus propias preocupaciones y hábitos gremiales, por ello, un abandono total a sus inclinaciones implicaría perder toda sensibilidad por la interdependencia social y la disciplina mutua que se imponen los gremios al ejercer presión los unos sobre los otros. De ahí la necesidad de que cada clase y/o gremio,  mantenga la conciencia de que hay otras de cuya cooperación necesitan, tan respetables como la suya propia  -y si sus hábitos no se toleran en parte, por lo menos han de ser conocidos-.  Ahora bien: ¿Cómo se mantiene despierta esta corriente profunda de solidaridad y cooperación?
La convivencia nacional –Ortega insiste continuamente en este punto- es una realidad activa y dinámica, no es coexistencia pasiva y estática. La nacionalización  proceso de formación de una nación- se produce en torno a grandes y sugestivas empresas de futuro que exigen de todas las partes disciplina y mutuo aprovechamiento para sacar el máximo rendimiento. De hecho Ortega lo ejemplifica de un modo muy claro: “En tiempo de guerra, cada ciudadano parece quebrar el recinto hermético de sus preocupaciones exclusivistas, y agudizada su sensibilidad por el todo social, emplea no poco esfuerzo mental en pasar revista, una vez y otra, a lo que puede esperarse de las demás clases y profesiones. Advierte entonces con dramática evidencia la angostura de su gremio, la escasez de sus posibilidades y la radical dependencia de los restantes en que, sin notarlo, se hallaba”. España Invertebrada. Esta cualidad que en tiempo de guerra se manifiesta de modo superlativo, que queda registrado de un modo más patente, nuestro autor la llama: “Elasticidad social” -aunque esta manifestación no es el resultado exclusivo de dichas condiciones-. Por tanto, y en un nivel psicológico, gracias a esta elasticidad social la vida de cada individuo queda multiplicada por la de todos los demás. No se despilfarran energías sino que se aprovechan al máximo ya que todo esfuerzo repercute en amplias ondas de transmisión psicológica.Teniendo ésto en cuenta, Ortega y Gasset deja claro que, no es necesario ni importante que las partes de un todo social coincidan en sus deseos y sus ideas; lo necesario e importante es que conozca cada una, y en cierto modo viva, los de las otras. De ahí que cuando esto falta, cada clase o gremio pierde la sensibilidad hacia el resto de clases o gremios -no percibe su contacto y presión alrededor- creyéndose así, que sólo ella existe, que ella es “un todo”. Este es el particularismo de clase –o gremial-  que es síntoma mucho más grave de descomposición que los movimientos de secesión étnica y territorial, porque como ya se ha dicho, clases y gremios son partes de un todo –cuerpo nacional- en un sentido más radical que los núcleos étnicos y políticos.
En definitiva Ortega concluye que la vida social española ofrece un extremado ejemplo de este atroz particularismo, y afirma que: “Hoy es España, más bien que una nación, es una serie de compartimentos estancos”. España Invertebrada. Así es como se estructura o articula –más bien, así se no-articula- nuestra nación. Cada clase y cada gremio vive herméticamente cerrado dentro de sí mismo. No siente la menor curiosidad por lo que acaece en el recinto de los demás, sino que cada uno está polarizado en sus tópicos gremiales, así, las ideas, emociones y valores creados dentro de un núcleo profesional o clase no trascienden lo más mínimo a los restantes. El intento de transmisión de energía de un punto a otro es casi imposible.  Ortega incide en que: “Difícil será imaginar una sociedad menos elástica que la nuestra, es decir, difícil será imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad”. España Invertebrada. De hecho, el filósofo madrileño trae a colación con respecto a todo ello, a modo de ejemplo, una actitud que seguramente le es familiar al lector hoy, y que ya se daba a principios del siglo XX. Aunque el autor menciona diversos gremios, cierto es que resalta uno muy significativo que hemos querido señalar. Dice Ortega: “Se dice que los políticos no se preocupan del resto del país. Esto, que es verdad, es, sin embargo, injusto, porque parece atribuir exclusivamente a los políticos pareja despreocupación. La verdad es que si para los políticos no existe el resto del país, para el resto del país existen mucho menos los políticos.”España Invertebrada.
2.EL CASO DEL GRUPO MILITAR.
Antes de dar paso al ejemplo, Ortega advierte que todo lo que va a decir sobre este grupo sirve para todas las demás profesiones y/o gremios. He aquí, un caso preciso en el que resalta la necesidad de interpretar dinámicamente la convivencia nacional, de comprender, que sólo la acción, la empresa, el proyecto de ejecutar grandes cosas, es lo que da regulación, estructura y cohesión al cuerpo colectivo. Dicho esto por tanto, pasamos a ocuparnos del caso del grupo militar. Nuestro autor afirma que un ejército no puede existir cuando se elimina del horizonte, de la perspectiva, la posibilidad de una guerra -al igual que, la idea de que el útil va a ser un día usado es necesaria para cuidarlo y mantenerlo a punto-. Por tanto, sin guerra, o posibilidad de contienda del tipo que sea, no hay manera de moralizar, sustentar la disciplina y garantizar la eficacia de un ejército. Tener un ejército y no admitir la posibilidad de que actúe es una contradicción gravísima, cuestión que según el filósofo madrileño, han pensado y sentido en secreto todos los españoles desde 1900. Ahora bien; ¿Por qué?:
Ortega nos explica que, debido al fracaso a todos los niveles de las guerras colonial e hispanoyanqui, el ejército quedó muy desmoralizado disolviéndose en la gran masa nacional, cuya voluntad, con una inconcebible unanimidad, adoptó la actitud inquebrantable de jamás entrar en más empresas bélicas .Una vez resuelto por expreso deseo de la voluntad colectiva española  -en la que se asienta el antimilitarismo y el pacifismo, que el autor entiende pero no comparte-  que no habría guerras, era inevitable que las demás clases y gremios se desentendieran del ejército, perdiendo toda sensibilidad para el mundo militar. Por ello, éste quedo aislado, desnacionalizado, sin trabazón con el resto de la sociedad e interiormente disperso. Así la reciprocidad se hace inevitable, perdiendo los militares también  -al quedarse aislados- toda sensibilidad hacia el resto de clases y gremios, germinando entre los individuos de nuestro ejército una funesta suspicacia hacia políticos, intelectuales, obreros...El ejército se plegó sobre sí mismo hermetizándose con respecto a toda influencia social del ambiente circundante y cultivando los gérmenes del PARTICULARISMO.
 Ahora bien, en 1909 una operación colonial lleva a Marruecos parte de nuestro ejército y,  precisamente, ese pacifismo y antimilitarismo de la opinión pública  -que calificará esa empresa como “Operación de policía”- es el que despertó el espíritu gremial de nuestro ejército, formándose de nuevo su conciencia de grupo -evidentemente sin unirse al resto de clases- produciéndose así la cohesión gremial por ese sentimiento de rechazo.  Por tanto Marruecos hizo del alma dispersa de nuestro ejército un puño cerrado moralmente dispuesto para el ataque. Desde este momento el ejército, desarticulado de las demás clases sociales  -al igual que éstas lo están entre sí- y sin respeto hacia ellas, vive una permanente inquietud por gastar sus energías acumuladas sin tener una empresa, un envite en el que hacerlo. ¿No era la inevitable consecuencia de todo este proceso que el ejército cayese sobre la nación misma y aspirase a conquistarla[2]? se pregunta Ortega.  Según él: “Todo tenía que concluir en aquellas jornadas famosas de julio de 1917. En ellas, el ejército perdió un instante por completo la conciencia de que era una parte, y  sólo una parte, del todo español. El particularismo que padece, como  todos los gremios y clases, y de que no es más responsable  que lo somos todos los demás, le hizo sufrir el espejismo de creerse solo y todo”. España Invertebrada.
En definitiva, he aquí una historia que se puede contar de casi todas las partes orgánicas de España. Todos los gremios, clases, grupos, partes… han pasado por momentos en los que, perdida la fe en la organización nacional, y embotada su sensibilidad para los demás grupos fraternos, ha creído que su misión consistía en imponer directamente su voluntad. Dicho de otro modo: Todo particularismo conduce inexorablemente a la ACCIÓN DIRECTA.

Próximo post: España Invertebrada. Primera Parte. Particularismo y acción directa. Acción Directa.





[1] Especialmente en nuestra historia “reciente”. Advierta el lector que cuando Ortega escribe esta obra todavía no ha estallado la Guerra Civil Española.
[2] ¡No olvide el lector que está leyendo unas páginas escritas y publicadas a principios de 1921! [Nota agregada en la cuarta edición, de 1934].

miércoles, 30 de enero de 2013

España Invertebrada. Primera parte. Particularismo.

En el anterior post quedaba en el aire la cuestión del separatismo; ahora bien, para dar una respuesta satisfactoria a dicho problema es fundamental el concepto de PARTICULARISMO, que expondremos a continuación y que se prolongará en próximas entradas –igualmente importante para la mencionada resolución de la cuestión, es el de ACCIÓN DIRECTA, del que también nos ocuparemos más adelante-. Por tanto, con el presente post comienza una serie de varios más que dan título, como sabemos, a esta primera parte de la obra: Particularismo y acción directa. Con todo ello, también hay que tener presente en todo momento el andamiaje conceptual del que se sirve Ortega y Gasset para llevar a cabo el análisis de España –expuesto en anteriores post- y, en particular, atender al concepto de DESINTEGRACIÓN que aquí se aplica.  Al hilo del concepto de desintegración Ortega considera que, desde 1580 hasta la actualidad – momento en que Ortega escribe la obra-  todo lo acontecido y lo que acontece en España es decadencia y desintegración. El proceso incorporativo narrado anteriormente -léase la entrada anterior: ¿Por qué hay separatismo?-  va en crecimiento hasta Felipe II. De hecho, el filósofo madrileño traza un límite o punto de inflexión, a saber; el año vigésimo de su reinado puede considerarse como la divisoria de los destinos peninsulares. Hasta aquí la Historia de España había sido ascendente y acumulativa, sin embargo a partir de aquí será decadente y dispersiva, comenzando el proceso de desintegración del imperio[1], de la periferia al centro y manteniéndose durante siglos hasta llegar a 1900, año en que el cuerpo español ha vuelto a su nativa desnudez peninsular. Ahora bien: ¿Termina con ello el proceso de desintegración?
A propósito de la pregunta Ortega afirma: “Será casualidad, pero el desprendimiento de las últimas posesiones ultramarinas parece ser la señal para el comienzo de la dispersión intrapeninsular. En 1900 se empieza a oír el rumor de regionalismos, nacionalismos, separatismos…Es el triste espectáculo del ocaso, de un larguísimo, multisecular otoño, laborado periódicamente por ráfagas adversas que arrancan del inválido ramaje enjambres de hojas caducas.” España Invertebrada.
En anteriores entradas explicamos detalladamente, y de acuerdo con Ortega, en qué consistía el proceso de incorporación. Ahora bien, el de desintegración o desarticulación por tanto, es el inverso: las partes del todo comienzan a vivir como todos aparteque no como partes independientes fuera del todo-. Este fenómeno de la “vida histórica” es considerado como el rasgo más característico, profundo y grave de la actualidad española; y lo denomina como PARTICULARISMO.  Por ello, y volviendo a la cuestión del nacionalismo, regionalismo y separatismo, nuestro autor piensa con respecto a ello, que es una frivolidad juzgar el Catalanismo y el Bizcaitarrismo como movimientos artificiosos nacidos del capricho privado de unos cuantos – aparente y superficialmente puede que sí, pero la auténtica causa es mucho más profunda-. Ortega considera que ambos son la manifestación más acusada del estado de descomposición en que se halla nuestro pueblo, ambos nacionalismos suponen una prolongación de la dispersión iniciada hace tres siglos.
 Y lo manifiesta del siguiente modo: “Las teorías nacionalistas, los programas políticos del regionalismo, las frases de sus hombres carecen de interés y son en gran parte artificios. Pero en estos movimientos históricos, que son mecánica de masas, lo que se dice es siempre mero pretexto, elaboración superficial, transitoria y ficticia, que tiene sólo un valor simbólico como expresión convencional y casi siempre incongruente de profundas emociones, inefables y oscuras, que operan en el subsuelo del alma colectiva” España Invertebrada.
Todo el que en política y en historia se deje llevar por lo que se dice, errará profundamente. La opinión pública es siempre respetable, pero casi nunca expresa con rigor sus verdaderos sentimientos, opina Ortega. Por ejemplo: El hecho de que otras regiones españolas -distintas a las nacionalistas por antonomasia-  no tengan programas secesionistas –a principios del siglo XX- no significa que no sientan el mismo instinto de particularismo. De acuerdo con todo ello, Ortega define la esencia del particularismo como:“La esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás” España Invertebrada. Por esa razón no le importan las esperanzas o necesidades de los demás –del resto de partes-, no se solidarizan con ellos. Es más, una característica fundamental de este estado social es la hipersensibilidad para los propios males, esto es; los problemas de cada parte –de cada uno-  son más importantes que los del resto y las “ofensas” que provienen de las demás partes –los otros- son intolerables. Todas estas cuestiones se magnifican mucho más cuando el alma del grupo se ha desintegrado de la convivencia nacional[2]. En ese sentido esencial se puede decir que el particularismo existe hoy –seguimos refiriéndonos a principios del siglo XX- en toda España, aunque según Ortega modulado, y siempre dependiendo de las condiciones que se den en cada región. Por ejemplo, tal y como apunta el propio autor: “En Bilbao y Barcelona ,que se sentían como las fuerzas económicas de la península, el particularismo toma un cariz agresivo, expreso y retórico, en cambio en Galicia, tierra pobre de almas rendidas, suspicaces y sin confianza en sí mismas, toma el sesgo de un sordo y humillado resentimiento -puesto que no puede brotar- entregándose así a la voluntad ajena.”España Invertebrada. Así para Ortega, el preocuparse exclusivamente por el nacionalismo catalán y vasco es no percibir ni comprender con toda profundidad el mal que nos aqueja. El filósofo madrileño quiere corregir el pensamiento político al uso, que busca el mal radical del catalanismo y del bizcaitarrismo, precisamente en Calaluña y en Vasconia, cuando no es allí dónde se encuentra. ¿Dónde está entonces? Cuando una sociedad se consume víctima del particularismo,  puede afirmarse con toda seguridad que, el primero en mostrarse particularista fue precisamente el poder central, y esto es lo que ha sucedido en España.
Castilla hizo a España y Castilla la deshizo... pero ¿Cómo?, ¿Por qué?: Castilla como núcleo inicial de la incorporación ibérica, acertó a superar su propio particularismo e “invitó” a los demás pueblos peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Inventó Castilla grandes y sugestivas empresas al servicio de altas ideas jurídicas, morales y religiosas, dibujando un interesante plan de orden social en el que impera la norma de que todo hombre activo, agudo, noble…es decir, mejor, ha de ser preferido al pasivo, torpe y vil -su inferior-. Ello perduró algún tiempo vivazmente y las gentes estaban influidas por esas ideas, aspiraciones y hábitos; creían en ellas, las respetaban o temían. Ahora bien, en la España de Felipe III  todo ello ya no existe realmente, es decir, todas esas aspiraciones, ideas, normas y hábitos superiores se han tornado tópicos petrificados, falsos, porque no se hace nada nuevo  -no hay dinamismo-, simplemente se emplean todas las energías en conservar el pasado, la tradición -instituciones y dogmas-  sofocando toda innovación. Así Castilla se convierte en lo opuesto de sí mismo, se vuelve suspicaz, angosta, sórdida, en definitiva: comenzó a hacerse particularista. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras regiones, sino que celosa de ellas las abandona y empieza a no enterarse de lo que en ellas pasa. Ahora bien, piensa Ortega, si Cataluña o Vasconia por ejemplo –como cualquier otra región periférica- realmente hubiesen sido los pueblos formidables que en la actualidad –principios del siglo XX-  imaginan ser, cuando Castilla comenzó a hacerse particularista le habrían dado un terrible tirón para que así, el núcleo central recuperase sus virtudes y no cayese en la perdurable modorra de idiotez y egoísmo que ha sido durante tres siglos la historia de España. Ortega y Gasset considera que todos los poderes nacionales, especialmente Monarquía e Iglesia, han mirado para sí mismos durante tres siglos, se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales[3], han fomentado generación tras generación una selección inversa en la raza española. Así, la política española durante todo ese tiempo ha sido particularista. De hecho, incide en la cuestión del siguiente modo: “Sería curioso y científicamente fecundo hacer una historia de las preferencias manifestadas por los reyes españoles en la elección de las personas. Ella mostraría la increíble y continuada perversión de valoraciones que los ha llevado casi indefectiblemente a preferir los hombres tontos a los inteligentes, los envilecidos a los irreprochables. Ahora bien, el error habitual, inveterado, en la elección de personas, la preferencia reiterada de lo ruin a lo selecto es el síntoma más evidente de que no se quiere en verdad hacer nada, emprender nada, crear nada que perviva luego por sí mismo. Cuando se tiene el corazón lleno de un alto empeño se acaba siempre por buscar los hombres más capaces de ejecutarlo. España Invertebrada.
Es decir, en lugar de renovar periódicamente las ideas vitales para llevar a cabo empresas y proyectos -fomentando así la unión- el poder público[4] ha ido triturando la convivencia española y ha usado su fuerza “nacional” casi exclusivamente para sus fines privados. De este modo, y teniendo ésto en cuenta, es conveniente volver a formular una cuestión fundamental planteada anteriormente en la entrada titulada “Incorporación y desintegración”: ¿Para qué vivimos juntos los españoles entonces?[5] Definitivamente Ortega piensa con respecto a los nacionalismos -en concreto, el catalanismo y el bizcaitarrismo- que, lo más importante en ellos es lo que no se advierte, a saber: lo que tienen de común por un lado, con el largo proceso de secular desintegración que ha sesgado los dominios de España, y por otro, con el particularismo latente o distintamente modulado que existe en el resto del país.  Lo demás no tiene importancia alguna -o si la tuviera, no se aprovecha en sentido favorable- en lo que se refiere a cuestiones como las afirmaciones de las diferencias étnicas, entusiasmo por sus idiomas, críticas de la política central… Así, la tesis de Ortega y Gasset al respecto es una interpretación del secesionismo vasco-catalán como un caso específico de particularismo más general existente en toda España. Lo cual demostrará de un modo más contundente analizando otro fenómeno muy característico a principios del siglo XX en este país, y que no tiene nada que ver con regiones, pueblos y razas: El particularismo de las clases sociales -o compartimentos estancos-.
Próximo Post: España Invertebrada. Primera Parte. Particularismo y acción directa: Compartimentos estancos.

[1] Primero se desprenden los Países Bajos y el Milanesado; luego, Nápoles. A principios del siglo XIX se separan las grandes provincias ultramarinas, y a finales de él, las colonias menores de América y Extremo Oriente.

 [2] Ortega afirma que:Pocas cosas hay tan significativas del estado actual como oír a vascos y catalanes sostener que son ellos pueblos “oprimidos” por el resto de España. La situación privilegiada que gozan es tan evidente que, a primera vista, esa queja habrá de parecer grotesca. Pero a quién le interese no tanto juzgar a las gentes como entenderlas, le importa más notar que ese sentimiento es sincero, por muy injustificado que se repute. Y es que se trata de algo puramente relativo. El hombre condenado a vivir con una mujer a quien no ama siente las caricias de ésta como un irritante roce de cadenas. Así, aquel sentimiento de opresión, injustificado en cuanto pretende reflejar una situación objetiva, es síntoma verídico del estado subjetivo en que Cataluña y Vasconia se hallan.” España Invertebrada.

 [3] Ahora bien, el caso de Carlos III constituye a primera vista una excepción, pero que, como toda excepción viene a confirmar la regla, pero en la estimación que hace treinta años -final del siglo XIX- sentían los “progresistas” españoles por Carlos III, hay una mala inteligencia. Una parte de su política podía parecer simpática desde el punto de vista de la cultura humana, pero en su conjunto es el monarca más particularista y antiespañol que ofrece la historia de la Monarquía.

[4] Desde hace muchos siglos, en España, el poder público pretende que los españoles existamos sólo para que él se dé el gusto de existir. Aunque Ortega considera que esto también es un pretexto algo menguado.

[5] Porque de acuerdo con Ortega, vivir es una actividad que se hace hacia delante, es mirar hacia el futuro, y no para vivir la resonancia del pasado, de la tradición, y mucho menos para convivir por convivir.