martes, 26 de marzo de 2013

España Invertebrada. Segunda Parte. Conceptos de Ejemplaridad y Docilidad.

Con este post concluimos con la disquisición  -el análisis más profundo y amplio de los conceptos de “masa” y “hombres mejores”- iniciada y subrayada en la entrada titulada: “Epocas Kitra y épocas Kali”; en el que Ortega retomará de nuevo en las últimas líneas el análisis de España, y que ya no abandonará en lo que resta de obra. Especialmente, esas últimas líneas referidas suponen la introducción de uno de los puntos clave de la obra: la ausencia de los mejores; que comenzaremos a desarrollar en el próximo post y que completaremos en sucesivas entradas. Ahora bien, por el momento  y en la presente entrada, vamos a analizar en relación con esos conceptos de masa y minoría egregia, los conceptos de “ejemplaridad” y “docilidad”.
Ortega y Gasset considera que una tosca sociología nacida por generación espontánea y que, desde hace mucho tiempo domina las corrientes de opinión vigentes –1921-, tergiversa estos conceptos de “masa” y “minoría selecta -entendiendo masa por las clases sociales económicamente inferiores, la plebe, y por minoría selecta, las más elevadas socialmente, lo cual no es así-; es por ello por lo que el autor opina que conviene corregir dicha interpretación "errónea". En toda clase social, en todo grupo que no padezca graves anomalías, existe siempre una masa vulgar y una minoría sobresaliente. Ahora bien, dentro de una sociedad saludable, las clases superiores, si lo son verdaderamente, contarán con una minoría más nutrida y selecta que las clases inferiores, pero ello no significa que en ellas no haya masa. Y precisamente, lo que acarrea la decadencia social es que las clases elevadas han degenerado y se han convertido casi íntegramente en masa vulgar. Por tanto, Ortega propone transponiendo los tópicos al uso adquirir una intuición clara sobre la acción recíproca entre masa y minoría selecta, que es, a su juicio, el hecho básico de toda sociedad y el agente de su evolución tanto hacia el bien como hacia el mal.
Ortega piensa que cuando hallamos a otro hombre que es mejor, o que hace algo mejor que nosotros, si gozamos de una sensibilidad normal, desearemos llegar a ser de verdad como es él  y hacer las cosas como las hace él, porque será un ejemplo a seguir  –un modelo-. Es decir, gozando de esa sensibilidad normal no querremos ser como él ficticiamente, esto es, no querremos imitarlo; porque  en la imitación actuamos, por decirlo así, fuera de nuestra auténtica personalidad, nos creamos una máscara exterior. Por el contrario, en la asimilación al hombre ejemplar que ante nosotros pasa, todo en nosotros se polariza y orienta hacia su modo de ser; nos disponemos a reformar verídicamente nuestra esencia según la pauta admirada. En suma, percibimos como tal la ejemplaridad de aquel hombre y sentimos docilidad ante su ejemplo. He aquí el mecanismo elemental creador de toda sociedad: la ejemplaridad de unos pocos se articula en la docilidad de otros muchos. El resultado se traduce en que cunde el ejemplo y los inferiores se perfeccionan en el sentido de los mejores. El filósofo madrileño considera que esta capacidad para entusiasmarse con lo óptimo, de ser dócil a un arquetipo o forma ejemplar, es la función psíquica que el hombre añade al animal y que dota de progresividad a nuestra especie frente a la estabilidad relativa del resto de seres vivos. Así lo expresa el autor: “Y el hecho es que los miembros de toda sociedad humana, aun la más primitiva, se han dado siempre cuenta de que todo acto puede ejecutarse de dos maneras, una mejor y otra peor; de que existen normas o modos ejemplares de vivir y ser. Precisamente la docilidad a esas normas crea la continuidad de convivencia que es la sociedad”. España Invertebrada.  Por el contrario, la indocilidad, es decir, la insumisión a ciertos tipos normativos de las acciones trae consigo la dispersión de los individuos, la disociación. Ahora bien, esas normas a las que hace alusión Ortega fueron originariamente acciones ejemplares de algún individuo.
La estrecha vinculación por tanto, entre los conceptos de “ejemplaridad” y “docilidad” con el proceso de formación de toda sociedad, lleva a Ortega a exponer sucintamente  -al hilo del análisis en el que está inmerso- una idea fundamental acerca del origen de la sociedad, a saber: De acuerdo con el filósofo, no fue ni la fuerza ni la utilidad[1] lo que juntó a los hombres en agrupaciones permanentes  -en sociedades-, sino el poder atractivo de que automáticamente goza sobre los individuos de nuestra especie el que en cada caso es más perfecto. De hecho afirma: “Las más primitivas leyendas y mitos sobre creación de pueblos, tribus, hordas, aluden patéticamente a personas sublimes, dotadas de prodigiosas facultades, padres del grupo social. Con un torpe evemerismo muy siglo XIX, se ha explicado esto siempre diciendo que los hombres reales, un tiempo influyentes en el grupo, fueron luego idealizados, ejemplarizados por la posteridad. Pero sería inverosímil esta idealización a posteriori si aquellos personajes no hubiesen  en vida suscitado ese ideal entusiasmo, si no hubiesen sido de hecho ideales o arquetipos. España Invertebrada.  No se hizo de ellos modelo porque en vida fueron influyentes piensa Ortega, sino al contrario, fueron influyentes, socializadores, porque fueron desde luego modelos.  Es decir:”En una sociedad familiar, padre y madre son modelos natos de los hijos, y además, ideales el uno del otro. Cuando este influjo se aniquila, la familia se desarticula”. España invertebrada.
Por todo ello, y de acuerdo con el autor, si queremos tener una idea clara sobre las fuerzas radicales productoras de socialización, hemos de tener en cuenta el hecho de que las asociaciones primarias no fueron de carácter político y económico. El poder, con sus medios violentos, y la utilidad, con su mecanismo de intereses, no han podido engendrar sociedades sino dentro de una asociación previa. Estas primigenias sociedades tuvieron un carácter festivo, deportivo o religioso[2]. La ejemplaridad estética, mágica o simplemente vital de unos pocos atrajo a los dóciles. Así lo manifiesta Ortega: “Todo otro influjo o “cracia” de un hombre sobre los demás que no sea automática emoción suscitada por el arquetipo o ejemplar en los entusiastas que le rodean, son efímeros y secundarios.” España Invertebrada. De acuerdo con el filósofo madrileño, no ha habido jamás otra aristocracia, más que la fundada en ese poder de atracción psíquica que arrastra a los dóciles en pos de un modelo.  Se dice que la sociedad se divide en gente que manda y gente que obedece, pero dicha obediencia sólo podrá ser normal y permanente, en la medida en que el obediente otorgue en íntimo homenaje al que manda, el derecho a mandar. Es decir,  un hombre eminente, en vista de su ejemplaridad, es dotado por la muchedumbre dócil de cierta autoridad pública. Ahora bien: “Muere aquel hombre y su autoridad queda como un hueco social, especie de forma anónima que otros individuos vendrán a ocupar unas veces con mérito bastante, otras sin él. A la postre, el prestigio de la autoridad durará lo que dure el recuerdo de las personas que la ejercieron”. España Invertebrada.

Así, Ortega considera que la obediencia supone docilidad, y es más, hace especial hincapié en que no confundamos la una con la otra: se obedece a un mandato, se es dócil a un ejemplo, y el derecho a mandar no es sino un anejo de la ejemplaridad.  De esta manera el autor vendría a definir la sociedad, en última instancia, como la unidad dinámica espiritual que forma un ejemplar y sus dóciles. “Esto indica que la sociedad es ya de suyo y nativamente un aparato de perfeccionamiento. Sentirse dócil a otro lleva a convivir con él y, simultáneamente, a vivir como él; por tanto, a mejorar en el sentido del modelo”. España Invertebrada. Toda raza humana –todo pueblo- o forma de sociedad que no haya degenerado, supone esa gravitación originaria de las almas vulgares, pero sanas, hacia formas egregias; y ese impulso hacia el modelo que haya en una sociedad es lo que ésta tendrá de tal. Todas las razas y pueblos por tanto, producen personalidades egregias, ahora bien, las más finas producen una mayor cantidad que las más bastas, y ahí es dónde estará el criterio de superioridad entre unas y otras. A juicio del filósofo madrileño,  un pueblo necesita de la excelencia de estas personalidades óptimas en todos los niveles de la sociedad para no decaer. Esto es, necesita ejemplares que cumplan con las funciones para las que mejor están dotados en todas las clases y grupos. De hecho, el autor afirma que: “... si durante varias generaciones faltan o escasean hombres de vigorosa inteligencia que sirvan de diapasón y norma de los demás, que marquen el tono de intensidad mental exigido por los problemas del tiempo,  la masa tenderá, según  la ley del mínimo esfuerzo, a pensar con menos rigor cada vez; el repertorio de curiosidades, ideas, puntos de vista, menguará progresivamente hasta caer bajo el nivel impuesto por las necesidades de la época. Tendremos el caso de una raza entontecida, intelectualmente degenerada”. España Invertebrada.
Definitivamente, este mecanismo de EJEMPLARIDAD-DOCILIDAD, tomado como principio de la coexistencia social, tiene la ventaja, no sólo de sugerir cuál es la fuerza espiritual que crea y mantiene las sociedades, sino que a la vez, aclara el fenómeno de las decadencias e ilustra la patología de las naciones. Ortega piensa que cuando un pueblo se arrastra por la historia enfermizo de gravedad, es siempre porque le faltan hombres ejemplares o porque las masas son indóciles. Y la coyuntura extrema consistirá en que ocurran ambas cosas. Las relaciones entre la aristocracia y la masa es la raíz del hecho social, es previa a todos los formalismos éticos y jurídicos.
 Acabada por tanto la disquisición iniciada en entradas anteriores por un lado, y después de analizar y clarificar estos conceptos por otro, cabe decir que Ortega  -antes de adentrarnos en el apartado crucial de la obra-  para concluir el punto en el que nos encontramos, de nuevo vuelve a fijar su mirada en la realidad española. El autor, teniendo presente los conceptos de “ejemplaridad” y “docilidad” recientemente expuestos, considera que fácilmente descubriremos en ella –a la realidad española se refiere-  un atroz paisaje saturado de indocilidad y sobremanera exento de ejemplaridad. Así lo expresa: “Por una extraña y trágica perversión  del instinto encargado de las valoraciones, el pueblo español, desde hace siglos, detesta todo hombre ejemplar, o, cuando menos, está ciego para sus cualidades excelentes. Cuando se deja conmover por alguien, se trata, casi invariablemente, de algún personaje ruin e inferior que se pone al servicio de los instintos multitudinarios”. España Invertebrada. El dato que mejor define la peculiaridad de una raza, de un pueblo, es el perfil de los modelos que elige. Ortega y Gasset diagnostica que la enfermedad, el mal padecido por nuestro pueblo, aunque no el único, pero sí el más profundo y el más cercano a la verdad es: la aristofobia u odio a los mejores.
Próximo post: La ausencia de los mejores I –Primera parte-.




[1] De acuerdo con Ortega, fuerza y utilidad son como corrientes inducidas que se producen dentro del circuito social una vez que se ha formado, no son por tanto, la causa de su formación.
[2] En este carácter festivo y deportivo, que también podíamos denominar lúdico, jovial..."dionisiaco", observamos un inequívoco signo de la influencia de Nietzsche en la concepción de Ortega y que, por no venir al caso, no nos detendremos en la misma. Ahora bien, a pesar de ello, convendría una explicación dirigida a aquellos lectores no familiarizados con la materia tratada y que, evidentemente por la razón esgrimida anteriormente, no vamos a llevar a cabo; no obstante, sí que arrojaremos algo de claridad a la expresión: con carácter deportivo, festivo o religioso,  Ortega se refiere a que aquello que impulsó la formación de esas sociedades primigenias  -o causa de esa asociación de individuos- fue un elemento de carácter emocional e instintivo, que no "racional".

miércoles, 20 de marzo de 2013

España Invertebrada. Segunda Parte. La magia del "debe ser".

En las entradas anteriores veníamos desarrollando el análisis de la relación que Ortega establece entre los conceptos de “masa” y “aristocracia”o minoría excelente-; en lo que sigue, daremos un paso más en nuestro caminar por esta "España Invertebrada”, y señalaremos una serie de matices muy importantes en dicho análisis, en relación con el concepto de “debe ser” introducido en el anterior post. La cuestión de las relaciones entre aristocracia y masa suele plantearse desde hace dos siglos bajo una perspectiva ética o jurídica. Es decir,  el filósofo madrileño piensa que la discusión es, si la constitución política desde un punto de vista moral o de justicia, debe ser o no, aristocrática. En lugar de analizar previamente las condiciones ineludibles de la realidad -“lo que es”-, se procede a dictaminar cómo deben ser las cosas, esto es, “como debe ser” la realidad  -constituyendo éste un problema clásico de la historia de la filosofía-.
De acuerdo con Ortega, éste ha sido el “vicio” de todo espíritu llamado “Liberal” o “Democrático”, “Radical” o “Progresista”. No podemos concebir mentalmente una sociedad sin vicios, sin imperfecciones, dotada de perfecciones formales tales a las de un polígono. Esta suplantación de lo real por lo abstractamente deseable es considerado por el autor como un síntoma de puerilidad[1]. No basta que algo sea deseable para que sea realizable y, lo que es aún más importante, no basta que una cosa se nos antoje deseable para que lo sea en verdad. Porque no hay duda, ese “DEBE SER” – inventor del progresismo- que,  desde el siglo XVIII pretende operar mágicamente sobre la historia, es por lo pronto, un debe ser parcial. Ahora bien, aquí la cuestión que se plantea Ortega es la siguiente: ¿Por qué ocurre esto? A juicio del filósofo madrileño, ese debe ser se entiende como la perfección moral y jurídica de la sociedad, por tanto, esa expresión normativa queda reducida sólo a esa significación moral y jurídica, dejándose de lado otros aspectos importantes por más extraños que parezcan.
Por ello, cuando se elucubra el tipo más perfecto de sociedad que debe sustituir a las actuales, sólo se incluyen en él mejoras éticas y jurídicas, dejando fuera todas las cuestiones que son moralmente indiferentes, cuando estas cuestiones que la moral no tiene en cuenta son de una importancia superlativa para la existencia de la sociedad.”¿Es que no hay también para la solución de ellas una norma, un debe ser, bien que exento de significación ética o jurídica?”se pregunta Ortega. El debe ser del moralista, del jurista, es pues, un debe ser parcial, fragmentario, insuficiente. Así lo expresa el autor: [“¿No tiene el labrador un ideal de campo, el ganadero un ideal del caballo, el médico un ideal del cuerpo? De estos ideales, ajenos a moral y derecho, los cuáles no son más que la imagen de aquellos seres en su estado de mayor perfección, emanan normas expresivas de cómo deber ser este campo, este caballo, este cuerpo humano.”]…[¿No es sospechosa una ética que al dictar sus normas se olvida de cómo es en su íntegra condición el objeto cuya perfección pretende definir e imperar?”]España Invertebrada. En definitiva, Ortega y Gasset considera que, solo debe ser lo que puede ser, y sólo puede ser, lo que se mueve dentro de las condiciones de lo que es, es decir, dentro de las condiciones de la realidad. De hecho afirma: “Fuera deseable que el cuerpo humano tuviese alas como el pájaro; pero como no puede tenerlas, porque su estructura zoológica se lo impide, sería falso decir que debe tener alas”. España Invertebrada.
  Toda sentencia de cómo deben ser las cosas presupone la fiel observación de su realidad. Por tanto, desde el punto de vista ético o jurídico no se puede construir el “ideal” de una sociedad. Esta es la gran aberración de los siglos XVIII y XIX. Con la moral y el derecho solos, no podemos ni siguiera asegurar que una utopía social sea plenamente justa.[2] Una sociedad antes que justa, tiene que ser sana, esto es, tiene que ser una sociedad. Antes que el derecho y la moral con sus esquemas de lo que debe ser, tiene que hablar el buen sentido con su intuición de lo que es.  Por lo tanto, de acuerdo con Ortega, la discusión sobre la aristocracia es absurda."La cuestión está resuelta desde el primer día de la historia humana: una sociedad sin aristocracia, sin minoria egregia, no es una sociedad". Habrá que rechazar pues, insiste el filósofo, las éticas mágicas y aceptar la única aceptable, que por cierto, Píndaro resumió en su ilustre imperativo: “llega a ser lo que eres”. Seamos en perfección lo que imperfectamente somos por naturaleza. Si sabemos mirarla, toda realidad nos muestra su defecto y su norma, su pecado y su deber.

Próximo post: Conceptos de "ejemplaridad" y "docilidad".




















[1] En las características de la infancia, considera Ortega y Gasset, se da una genial ceguera para cuánto hay de vicioso y desagradable en la realidad, de modo que sólo percibe sus porciones gratas y amables.
[2]  Porque al olvidarnos de analizar con sumo respeto la realidad, comenta Ortega, propendemos ligeramente a declarar indebidas muchas cosas que poseen un profundo sentido moral. Así se ha deducido frívolamente que son injustas las diferencias jerárquicas, sin las cuáles no hay sociedad que pueda nacer ni persistir.

martes, 12 de marzo de 2013

España Invertebrada. Segunda Parte. Épocas "Kitra" y épocas "Kali".

En el anterior post ya señalamos que en este punto Ortega, sin concluir el análisis de los conceptos de “masas” y “hombres mejores”  -que se prolongará durante prácticamente toda la segunda parte-  abandona momentáneamente España, e introduce una disquisición fundamental –que abarca varios puntos más-  en el hilo expositivo de la obra para una adecuada comprensión de los mismos.  Y es aquí, en el tratamiento de estas cuestiones, dónde podemos apreciar de modo más notable en “España Invertebrada” la influencia filosófica de Nietzsche (1844-1900) – filólogo y filósofo alemán-. Ahora bien, no nos detendremos en ello ni siquiera para reseñarlo,  puesto que la tarea que nos ocupa en esta entrada no es esa, sin embargo es un dato muy importante que no podíamos dejar de mencionar[1]. Con épocas “Kitra” y épocas “Kali” Ortega, aunque desde una perspectiva más amplia, vuelve al análisis de la estructura de la sociedad en relación a los conceptos de “masa” y “minoría excelente”, análisis que prolongará en sucesivos apartados, y por ende, nosotros en las próximas entradas.
Ortega y Gasset insiste en que, cuando la masa no se quiere dejar influir por los mejores y sigue sin estar dispuesta a la humilde actitud de escuchar, cuanto más se la quiera adoctrinar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor violencia pisoteará a los predicadores. A juicio del autor, eso sólo cambiará cuando la masa sufra en sus propias carnes las consecuencias de su desviación moral: “Así ha sucedido siempre” afirmará. Insiste en que las épocas de DECADENCIA son las épocas en que la minoría directora de un pueblo  -LA ARISTOCRACIA[2]-  ha perdido sus cualidades de excelencia que produjeron su elevación. Contra esa aristocracia ineficaz y corrompida  se rebela la masa justamente, pero confundiendo las cosas, generaliza sus errores y en vez de sustituirla por otra más virtuosa, tiende a eliminar todo intento aristocrático. Se llega a creer que es posible la existencia social sin minoría excelente, más aún: se construyen teorías políticas e históricas que presentan como ideal una sociedad exenta de aristocracia. Como esto es imposible prácticamente, la nación sigue con su acelerado proceso de decadencia. Las masas de los distintos grupos o clases sociales -un día la burguesía, otro la milicia, otro el proletariado…- ensayan vanas panaceas de buen gobierno que en su simplicidad mental imaginaban poseer, así al actuar, al llevarlas a la práctica, experimentan el fracaso de sí mismas, dándose cuenta de que las cosas son más complicadas de lo que creían, y que no son ellas las llamadas a dirigirlas.
 De este modo, Ortega afirma que: “Paralelamente a este fracaso político padecen en su vida privada los resultados de la desorganización. La seguridad pública peligra; la economía privada se debilita; todo se vuelve angustioso y desesperante; no hay donde tornar la mirada en busca de socorro. Cuando la sensibilidad colectiva llega a esta sazón, suele iniciarse una nueva época histórica. El dolor y el fracaso crean en las masas una nueva actitud de sincera humildad, que les hace volver la espalda a todas aquellas ilusiones y teorías antiaristocráticas. Cesa el rencor contra la minoría eminente. Se reconoce la necesidad de su intervención específica en la convivencia social. De esta suerte, aquel ciclo histórico se cierra y vuelve a abrirse otro. Comienza un periodo en que se va a formar una nueva aristocracia.[3]España Invertebrada.
El filósofo madrileño piensa que hay en la historia una perenne sucesión alternada de dos clases de épocas en todo pueblo: épocas de formación de aristocracia y con ellas de sociedad; y otras de decadencia de esas aristocracias y con ellas disolución de la sociedad; o lo que es lo mismo, en la cultura india que Ortega toma como ejemplo -por lo marcado de sus castas-, con épocas Kitra se refiere a la primera clase y con épocas Kali a la segunda. El autor se centra en la segunda clase  explicándonos como a los hombres de una época Kali les irrita sobremanera la idea de las castas[4] -entendámoslo como clases sociales – considerando además, que estamos ante un pensamiento profundo y certero. Dos elementos muy distintos y de valor desigual se unen en él, a saber:
Por un lado, la idea de la organización social en castas significa el convencimiento de que la sociedad tiene una estructura propia que consiste objetivamente, queramos o no, en una JERARQUÍA DE FUNCIONES. Por ello, tan absurdo es ignorar que la tierra tiene norte y sur como ignorar la existencia de una contextura esencial a toda sociedad, consistente en un sistema jerárquico de funciones colectivas. Mientras que el otro elemento que, infiltrándose en el primero forma el concepto de casta, proviene del criterio para distinguir qué individuos deben ejercer esas diferentes funciones: “El indo, dominado por una interpretación mágica de la naturaleza, cree que la capacidad para ejercer una función va adscrita, como mística gracia, a la sangre. Sólo podrá ser buen guerrero el hijo del guerrero y buen hortelano el hijo del hortelano. Los individuos son pues, repartidos en los diversos rangos en virtud de un principio genealógico, de herencia sanguínea.” España Invertebrada.
Ahora bien considera Ortega, si eliminamos ese principio mágico que sirve de criterio para el régimen de castas, nos queda una concepción de la sociedad más profunda y trascendente que las más prestigiosas de la modernidad. No obstante, la ideología política moderna ha estado dirigida por una inspiración no menos mágica que la asiática, aunque de signo inverso: “Se pretende que la sociedad sea según a nosotros se nos antoja que debe ser. ¡Como si ella no tuviera su inmutable estructura o esperase a recibirla de nuestro deseo! Todo el utopismo moderno es magia.” España Invertebrada.  Y finaliza: “No pasará mucho tiempo sin que el gesto de Kant[5], decretando cómo debe ser la sociedad, parezca a todos un torpe ademán mágico.”
Próximo post: La magia del “debe ser”.


[1] La nota va dirigida principalmente al lector cuya familiaridad con la filosofía es escasa o nula. Es indudable la importancia del pensamiento de Nietzsche al respecto y las influencias de éste en la concepción de Ortega, por lo que penetrar, aunque fuera mínimamente en el mismo, sería lo más adecuado para tener una “visión” completa de tales conceptos. Ahora bien, ello supondría desviarnos ligeramente del objetivo, bien alargando algunas entradas, bien dedicando exclusivamente algún post a dicha tarea que, por otra parte, no consideramos que sea necesario para las modestas pretensiones de este blog, ni siquiera para la comprensión de la obra por parte de ese lector no especializado.
[2] Con “Aristocracia” Ortega, al igual que Nietzsche, no se refiere precisamente y exclusivamente a la clase social en sí misma, sino más bien, a la clase de los mejores cualitativamente. En la siguiente nota a pie de página Ortega puntualiza la cuestión de un modo más claro.
[3] Ortega puntualiza: “Todo este proceso se desarrolla, no sólo, ni siquiera principalmente en el orden político, sino que las ideas de aristocracia y masa han de entenderse referidas a todas las formas de relación interindividual. Cuando la subversión moral de la masa contra la minoría mejor llega a la política, ya ha recorrido todo el cuerpo social”.
[4] Cabe decir que el concepto de “Casta” es más profundo y distinto, al moderno concepto de ”Clase social”, sin embargo ahora no consideramos pertinente detallar esta distinción. La de Ortega es análoga a la concepción nietzscheana y weberiana –relativa a Max Weber (1864-1920), filósofo, sociólogo, economista e historiador alemán.-, ahora bien, como ya hemos dicho, no entraremos en los pormenores de la cuestión porque la tarea que nos ocupa es otra.
[5] Immanuel Kant (1724-1804); filósofo ilustrado prusiano, defensor del racionalismo moral y primer filósofo que formula una ética formal –del deber-, aportando un criterio o ideal regulador para la acción del hombre. Esto es, aporta un criterio moral de cómo debe comportarse el hombre en sociedad.

martes, 5 de marzo de 2013

España Invertebrada. Segunda Parte. El imperio de las masas.

En el anterior post comentábamos como Ortega, para localizar el foco del profundo problema  que España padece y superar el particularismo que atrofia nuestras funciones espirituales, partía de un ejemplo preciso de esa deformación, es decir, partía del análisis del tópico: “Hoy no hay hombres” -en España se entiende-.  El filósofo madrileño nos mostraba en su análisis cómo la relación entre la “masa” y “los hombres” –individuos directores-  que se desprende de dicha expresión popular -aun sin ir ésta mal encaminada-, encierra un equívoco y un error de dependencia. Ortega consideraba que en una nación decadente como  España, las masas no quieren ser masas, sino que cada miembro de la masa se cree personalidad directora y descarga sobre todo el que sobresale –en definitiva, sobre la excelencia- todo su odio, necedad y envidia. Es por ello por lo que para justificar su ineptitud la masa afirma que no hay “hombres”. De acuerdo con Ortega, el entusiasmo de las masas no depende de la valía de los hombres directores, sino que ocurre todo lo contrario: el valor social de los hombres directores depende de la capacidad de entusiasmo que posea la masa. Es decir, “Los hombres” son propiamente una creación efusiva de las masas entusiastas. O lo que es lo mismo, esa “hombría” a la que la masa se refiere, no consiste en las capacidades o talento del individuo –del hombre-, sino en las que la masa pone sobre ciertas personas elegidas. Porque por más talento o genio que tenga un individuo a nivel particular  en la esfera de su privacidad-  ello no se traduce necesariamente en eficacia, esto es, en una influencia pública relevante. Es la masa con su entusiasmo la que la otorga. Por tanto a continuación, sin abandonar ésta cuestión, dedicaremos la entrada a proseguir con el análisis que de las masas lleva a cabo el autor.
Una nación es una masa humana organizada y estructurada por una minoría de individuos selectos. Ortega considera que ésta es una verdad que se refiere a un estrato de la realidad histórica mucho más profundo que aquel dónde se agitan los problemas políticos .La forma jurídica que una nación adopte, por más democrática  -incluso comunista- que ésta sea, su constitución transjurídica  -es decir, viva-  consistirá siempre en la acción dinámica de una minoría sobre una masa. Se trata de una ineludible ley natural. En toda agrupación humana se produce espontáneamente una articulación de sus miembros según la diferente densidad vital que poseen  -análogamente ocurre en física con la ley de densidades de los cuerpos, utilizando de nuevo el autor, una de sus ya habituales comparaciones con leyes físicas, como es el caso,  y también con procesos biológicos-. De hecho, esto se observa en la forma más simple de sociedad: la conversación entre varias personas. Así lo ejemplifica Ortega: “Cuando seis hombres se reúnen para conversar, la masa indiferenciada de interlocutores que al principio son, queda poco después articulada en dos partes, una de las cuales dirige en la conversación a la otra, influye en ella, regala más que recibe. Cuando esto acontece, es que la parte inferior del grupo se resiste anómalamente a ser dirigida, influida por la porción superior, y entonces la conversación se hace imposible.España Invertebrada. Por tanto, cuando en una nación la masa se niega a ser masa, esto es, a seguir a la minoría directora, la nación se deshace, la sociedad se desmembra y sobrevive el caos social... sobreviene la invertebración histórica. Un caso extremo de esta invertebración estamos viviendo ahora en España afirma Ortega –se refiere de nuevo a la época en la que escribe la obra.-
El filósofo madrileño con este ensayo trata de corregir la miopía que usualmente se padece a la hora de mirar los fenómenos sociales e históricos, consistente en creer que éstos son los fenómenos políticos, y que por tanto, los males sociales e históricos de una nación son males políticos. Claro está que lo político es el escaparate de lo social y de lo histórico, es lo que siempre salta a la vista en primer lugar, pero no es más que la punta del iceberg  -ahora bien, ello no significa que no haya específicamente problemas políticos, que los hay; o que todo problema político tenga siempre su raíz en uno social y/o histórico-. Entonces, y de acuerdo con Ortega, cuando el problema es político, no es nunca grave, es decir: cuando en una nación lo que está mal es la política puede decirse que nada está muy mal, pero en España por desgracia, lo que está mal de verdad no es tanto la política  -aunque  también lo está ya que es un reflejo del estado social e histórico-, como la sociedad misma, es decir, el corazón y la cabeza de casi todos los españoles.
Ahora bien, como ya hemos señalado anteriormente, Ortega trata de localizar el foco de la enfermedad española, pero para realizar tal tarea, previamente debe señalar en qué consiste ese mal. Prensa -medios de comunicación- y Parlamento dirigen la atención del ciudadano hacia los delitos circunscritos en lo que se llama “INMORALIDAD PÚBLICA”  -es aquello  que actualmente denominamos como corrupción “política”/"pública- como la causa de nuestra progresiva descomposición. El autor no duda de que padezcamos una abundante dosis de “inmoralidad pública”, pero piensa, que al mismo tiempo un pueblo con esa enfermedad podría pervivir, incluso progresar y crecer, tan sólo hemos de dirigir nuestra mirada por ejemplo, a E.E.U.U durante los últimos 50 años. Sin embargo y lamentablemente, la enfermedad española es mucho más grave que la “inmoralidad pública” que evidentemente se da, y que aun estando muy presente en nuestra sociedad, no implica crecimiento alguno. No obstante, peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad, y esa enfermedad se llama España. España es el problema piensa Ortega y Gasset. Que una sociedad sea inmoral o contenga inmoralidad es grave, pero que una sociedad no sea una sociedad es mucho más grave. Este es nuestro caso, la sociedad española se está disociando desde hace mucho tiempo porque tiene infectada la raíz misma de la actividad socializadora.
El hecho primario social es la organización en dirigidos y directores de un montón humano. Esto supone en unos, cierta capacidad para dirigir, y en otros, cierta facilidad íntima para dejarse dirigir[1]. En suma: dónde no hay una minoría que actúe sobre una masa colectiva y una masa que sepa aceptar el influjo de una minoría, no hay sociedad, o se está muy cerca de que no la haya. Así, de este modo, en España vivimos entregados al imperio de las masas.[2] Ortega representa con un acertado ejemplo este fenómeno mortal de insubordinación de las masas contra toda minoría eminente, y que se manifiesta con tanta mayor exquisitez cuanto más nos alejamos de la zona política: “Así el público de los espectáculos y conciertos se cree superior a todo dramaturgo, compositor o crítico, y se complace en cocear a unos y otros. Por muy escasa discreción y sabiduría que goce un crítico, siempre ocurrirá que posee más de ambas calidades que la mayoría del público. Sería lo natural que ese público sintiese la evidente superioridad del crítico y, reservándose toda la independencia definitiva que parece justa, hubiese en él la tendencia de dejarse influir por las estimaciones del entendido. Pero nuestro público parte de un estado de espíritu inverso a éste: la sospecha de que alguien pretenda entender de algo un poco más que él, le pone fuera de sí”. España Invertebrada. En España, dondequiera que estemos siempre asistimos al deprimente espectáculo de que los peores, que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores. ¿Cómo va a haber organización en la política española si no la hay ni siquiera en las conversaciones? se pregunta Ortega.
El filósofo madrileño piensa que España se arrastra invertebrada, no ya en su política, sino en lo que es más hondo y substantivo que la política, en la convivencia social misma, dejando así de funcionar los mecanismos e instituciones que integran y “articulan” la máquina pública hasta que sobrevenga un definitivo colapso histórico. Por tanto, de este modo, no habrá ruta posible para salir de tal situación porque, negándose la masa a lo que es su biológica misión, esto es, seguir a los mejores, no aceptará ni escuchará las opiniones de éstos, y sólo triunfarán en el ambiente colectivo las OPINIONES DE LA MASA, siempre inconexas, desacertadas y pueriles. Dadas por terminadas –por el momento-  las consideraciones acerca de las masas, Ortega en el próximo punto abandona brevemente su análisis de España para tratar unas serie de disquisiciones de distinta índole -y que hemos de considerar como un paréntesis, en el transcurso de la exposición periódica de las ideas cardinales de la obra-, pero que también son de suma importancia para su propósito inicial, e indiscutiblemente cruciales para una adecuada comprensión del concepto de “Los mejores”, esto es, de los hombres mejores, de la excelencia.
Próximo post: Épocas “Kitra” y épocas “Kali”.






[1] Ortega afirma que, el lector más adelante podrá comprobar que no se trata exclusivamente, ni siquiera principalmente, de directores y dirigidos en el sentido político; esto es, de gobernantes y gobernados. El autor insiste en que lo político es sólo una faceta de lo social.
[2]  Ahora bien, que no veamos en la calle motines, asaltos y altercados no significa que no haya un dominio de las masas; una revolución callejera significaría sólo el aspecto político que toma, a veces, el imperio de una masa social determinada: la proletaria. Ortega se refiere a un dominio más radical, profundo, difuso y omnipresente, y no es de una masa social, sino de todas, pero especialmente de las poderosas: la clase media y superior; que por muy media y alta que sean, no dejan de ser  “masas”. No confundamos aquí “masa” con “proletariado”.

martes, 26 de febrero de 2013

España Invertebrada. Segunda parte. La ausencia de los mejores. ¿No hay hombres o no hay masas?

Para comenzar con la exposición de la segunda parte de “España Invertebrada” cuyo título reza: “La ausencia de los mejores”, hay que  insistir en que dicha parte se antoja fundamental para la correcta comprensión de la obra. Es la parte clave del análisis de ese problema llamado España. Como el lector puede apreciar, el título sugiere claramente la dirección que tomará Ortega y Gasset en la misma, y nosotros por ende en las próximas entradas, pero que por lo pronto no vamos a desvelar, sino que dejaremos en el aire varias cuestiones: ¿Por qué el autor habla de la ausencia de los mejores?, ¿En qué sentido lo afirma?, ¿Quiénes son y dónde están "los mejores"?. No obstante,  antes de adentrarnos de lleno en dicha parte con el primer post: ¿No hay hombres o no hay masas?, nos parece totalmente pertinente como piedra de toque, presentar una sinopsis de la primera parte de la obra: “Particularismo y acción directa”.
 En esa primera parte, Ortega ha intentado sugerir que la actualidad pública de España –refiriéndose a la época en la que escribe la obra-  se caracteriza por un imperio casi exclusivo del PARTICULARISMO y la táctica de la ACCIÓN DIRECTA que le es aneja. A este fin, convenía partir, como del hecho más notorio, del separatismo Catalán y Vasco. Ahora bien, Ortega no ve en el catalanismo y el bizcaitarrismo síntomas alarmantes por lo que de positivo y singular hay en ellos  hábitos y prácticas propias y singulares-, sino por lo que de negativo y común hay en ellos, a saber: al gran movimiento de desintegración que empuja la vida de toda España. Por ello nuestro autor mostraba que estos separatismos de ahora no eran más que la continuación de un progresivo desprendimiento territorial sufrido por España durante tres siglos, y no una especie de tumor surgido de repente en el “cuerpo español”. Por último, convenía destacar la unidad que existe entre el particularismo regional o territorial y el de las clases, grupos y gremios.
 En la primera parte de la obra  ha quedado patente que España padece una grave enfermedad. Ahora bien, para señalar el mal profundo que aqueja España es necesario superar el aislamiento y la limitación del individuo, grupo y región -esto es, el fuerte particularismo existente-; razones por las cuáles nuestras funciones espirituales están atrofiadas y no funcionan como las de los pueblos sanos, en los que el alma individual se emplea en la creación o recepción de grandes proyectos, ideas y valores colectivos. Por tanto, para localizar el foco de tal problema, Ortega va a partir como ejemplo curioso de esta atrofia, de un tópico muy extendido y aparentemente inocente -pero que lo dice todo acerca de nuestro carácter como pueblo-. El tópico referido es el dicho popular: “HOY NO HAY HOMBRES EN ESPAÑA”.  Efectivamente, decir eso implica suponer que antes sí los hubo –hombres en España-, es decir, el tópico muestra una comparativa entre el ayer y el hoy –época en la que Ortega escribe la obra-. Y el ayer es la “supuesta” época feliz de la Restauración y La Regencia en la que todavía había “hombres”. Ahora bien, ese período de la historia de España es desgraciadamente la hora de mayor declinación en los destinos étnicos de España, y por tanto,  evidentemente, carecía de grandes figuras  -especialmente comparado con otros países-.
Respecto a ello Ortega considera que en casi todas las disciplinas y ejercicios hay hoy españoles tan buenos, si no mejores, que los de ayer, aunque si bien es cierto, tan pocos hoy como ayer. Es decir, que en España ha habido grandes hombres en numerosas y diferentes épocas, no hay que ponerlo en duda, pero éstos han sido muy escasos. Y los que han tenido un nivel óptimo -que son y han sido muchos-  no son mucho mejores los de ayer que los de hoy. Ahora bien, de acuerdo con el autor el tópico no anda tan mal encaminado, es decir: que ayer había  “HOMBRES” y hoy no. El filósofo madrileño piensa que la “HOMBRÍA” que sin darse cuenta echa de menos la gente hoy, no consiste en las capacidades o dotes que la persona posee, sino precisamente en las que la masa, el público, la muchedumbre… pone sobre ciertas personas elegidas.  Por tanto la hombría no estaba en esas personas, sino que estaba en torno a ellas, era como una mística aureola que los circundaba proveniente de su representación colectiva. Las masas habían creído en ellos y los habían exaltado, y este respeto multitudinario aparecía condensado en la figura de su mediocre personalidad –cosa por cierto, muy común en este país-.
Por tanto, atendiendo a ello, podemos decir que Ortega considera que: lo que califica más certeramente a un pueblo y a cada época de su historia es el estado de las relaciones entre la masa y la minoría directora. La acción pública  -política, intelectual, educativa…- es de tal carácter que, un individuo por sí solo, por muy genio que sea, no puede ejercerla eficazmente. La influencia pública o social emana de energías muy diferentes de las que actúan en la influencia privada que cada persona pueda ejercer sobre otra. Es decir, la genialidad y el talento son una cuestión individual, privada; sin embargo un hombre nunca podrá ser eficaz –influyente- por sus cualidades individuales, esto es, por su genialidad y talento, sino por la energía social que la masa haya depositado en él. Sus talentos personales fueron sólo el motivo, el pretexto para condensarse en él ese dinamismo social. De hecho Ortega -ejemplificándolo de un modo muy ilustrativo- afirma que: “Así, un político irradiará tanto de influjo público cuanto sea el entusiasmo y confianza que su partido haya concentrado en él. Un escritor logrará saturar la conciencia colectiva en la medida que el público sienta hacia él devoción. En cambio, seria falso decir que un individuo influye en la proporción de su talento o de su laboriosidad. La razón es clara: cuanto más hondo, sabio y agudo sea un escritor, mayor distancia habrá entre sus ideas y las del vulgo, y más difícil su asimilación por el público. Sólo cuando el lector vulgar tiene fe en el escritor y le reconoce una gran superioridad sobre sí mismo, pondrá el esfuerzo necesario para elevarse a su comprensión”. España Invertebrada.
No obstante, y de acuerdo con el filósofo madrileño, dado que nos encontramos en un país como España, dónde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior, se dan todas las probabilidades para que los únicos personajes públicos influyentes sean los más mediocres e imbéciles, los más asimilables. Aunque utiliza el ejemplo de escritores y políticos, considera que lo mismo podríamos decir de cualquier profesión al nivel que sea. Pero, y he aquí lo más interesante, lo propio acontece con el PÚBLICO piensa Ortega:Si la masa no abre, ex abundantia cordis  , por fervorosa impulsión,  un largo margen de fe entusiasta en un hombre público, antes bien, creyéndose tan lista como él, pone en crisis cada uno de sus actos y gestos, cuanto más fino sea el político, más irremediables serán las malas inteligencias, menos sólida su postura y más escaso estará de verdadera representación colectiva.” España invertebrada.
Finalizaremos el post incidiendo en la determinación de Ortega. Para el filósofo madrileño “Los hombres” cuya ausencia deplora el susodicho tópico son propiamente una creación efusiva de las masas entusiastas, son ”MITOS COLECTIVOS” en el mejor sentido del vocablo -porque no son precisamente el arquetipo en el que deberíamos fijarnos-. Teniendo esto en cuenta Ortega incide en que, en las horas de historia ascendente de una nación, de apasionada instauración nacional, las masas se sienten masas, se sienten colectividad anónima que, amando su propia unidad, ésta es simbolizada y concretada en ciertas personas elegidas  -capacitadas- depositando en ellas toda su energía vital. Entonces se dice que hay “hombres”. En cambio, en las horas de historia descendente y decadente, cuando una nación se desmorona víctima del particularismo  -como es el caso de España-, las masas no quieren ser masas, sino que cada miembro de ellas se cree personalidad directora, y revolviéndose contra todo el que sobresale, descarga sobre él todo su odio, su necedad y toda su envidia. Entonces para justificar su ineptitud y acallar un íntimo remordimiento, la masa dice que no hay “HOMBRES”. Por tanto,  y de acuerdo con Ortega, es erróneo pensar que el entusiasmo de las masas depende de la valía de los hombres directores, sino que ocurre todo lo contrario; el valor social de los hombres directores depende de la capacidad de entusiasmo que posea la masa. De hecho hay épocas en las que el alma popular se vuelve envidiosa, petulante, sórdida y se atrofia en ella el poder de crear mitos sociales. En definitiva, y para concluir, dejaremos que sea el propio autor el que se exprese: “Existe en la muchedumbre un plebeyo resentimiento contra toda posible excelencia y después de haber negado a los hombres mejores todo fervor y social  consagración, se vuelve contra ellos y les dice: “No hay hombres”. ¡Curioso ejemplo de la sólita incongruencia entre lo que la opinión pública dice y lo que más en lo hondo siente! Cuando oigáis decir: “Hoy no hay hombres”, entended: “Hoy no hay masas[1]”. España Invertebrada.

Próximo post: El imperio de las masas.


[1] El texto siguiente, se incluía bajo el epígrafe “CONCLUSIÓN” al término de algunas páginas, que antes de formar parte del libro, fueron publicadas en el diario El Sol entre diciembre de 1920 y  febrero de 1921:“No aspiraba este ensayo a otra cosa que a diagnosticar el mayor mal presente de nuestra España, ¿las causas?, ¿los medios de curarlo? Me parece muy difícil que alguien lleve en su bolsillo la receta suficiente. Los orígenes del morbo terrible son viejos, muy viejos; en rigor, van unidos a la raíz misma de nuestro espíritu étnico. Los pueblos triunfan por sus virtudes y buenas dotes, pero fracasan por no atender en sazón a sus defectos. El coloso de piedra olvida sus pies de barro. España, más que los pies, ha tenido de barro la testa. Conforme pasan los años y con ellos se  van acumulando experiencias y meditaciones, crece en mí la sospecha de que nuestra facultad más enteca has sido siempre el intelecto. Nunca tuvimos mucho, y casi perpetuamente hemos descuidado ese cultivo. ¿Cómo convencer a un pueblo entero de que es poco inteligente y de que no se salvará mientras no se convenza de ello? No seré yo quien tenga la avilantez de intentarlo. Concluyo pues estos estudios sobre la hora presente de España con tres sencillas observaciones. PRIMERA: Un pueblo vive de lo mismo que le dio la vida, la aspiración. Para mantenerlo unido es preciso tener siempre ante sus ojos un proyecto sugestivo de vida en común. Sólo grandes, audaces empresas despiertan los profundos instintos vitales de las grandes masas humanas. No el pasado, sino el futuro, no la tradición, sino el afán. SEGUNDA: Esas grandes empresas no pueden hoy, por lo pronto, consistir más que en una gigantesca, dinámica reforma de la vida interior de España orientada hacia un destino internacional; la unificación espiritual de los pueblos de habla española. España tiene que volver al crisol de una reforma omnímoda que, fundiendo sus partes, torne a unirlas, Reforma y América. TERCERA: Nada de eso se puede iniciar sin convencernos antes de que en España hoy, como siempre, es reducidísimo el número de hombres bien dotados. Si no es situado cada cual en el puesto donde mayor rendimiento pueda dar, todo será vano. Culto al hombre selecto.”