miércoles, 20 de marzo de 2013

España Invertebrada. Segunda Parte. La magia del "debe ser".

En las entradas anteriores veníamos desarrollando el análisis de la relación que Ortega establece entre los conceptos de “masa” y “aristocracia” –o minoría excelente-; en lo que sigue, daremos un paso más en nuestro caminar por esta "España Invertebrada”, y señalaremos una serie de matices muy importantes en dicho análisis, en relación con el concepto de “debe ser” introducido en el anterior post. La cuestión de las relaciones entre aristocracia y masa suele plantearse desde hace dos siglos bajo una perspectiva ética o jurídica. Es decir,  el filósofo madrileño piensa que la discusión es, si la constitución política desde un punto de vista moral o de justicia, debe ser o no, aristocrática. En lugar de analizar previamente las condiciones ineludibles de la realidad -“lo que es”-, se procede a dictaminar cómo deben ser las cosas, esto es, “como debe ser” la realidad  -constituyendo éste un problema clásico de la historia de la filosofía-.
De acuerdo con Ortega, éste ha sido el “vicio” de todo espíritu llamado “Liberal” o “Democrático”, “Radical” o “Progresista”. No podemos concebir mentalmente una sociedad sin vicios, sin imperfecciones, dotada de perfecciones formales tales a las de un polígono. Esta suplantación de lo real por lo abstractamente deseable es considerado por el autor como un síntoma de puerilidad[1]. No basta que algo sea deseable para que sea realizable y, lo que es aún más importante, no basta que una cosa se nos antoje deseable para que lo sea en verdad. Porque no hay duda, ese “DEBE SER” – inventor del progresismo- que,  desde el siglo XVIII pretende operar mágicamente sobre la historia, es por lo pronto, un debe ser parcial. Ahora bien, aquí la cuestión que se plantea Ortega es la siguiente: ¿Por qué ocurre esto? A juicio del filósofo madrileño, ese debe ser se entiende como la perfección moral y jurídica de la sociedad, por tanto, esa expresión normativa queda reducida sólo a esa significación moral y jurídica, dejándose de lado otros aspectos importantes por más extraños que parezcan.
Por ello, cuando se elucubra el tipo más perfecto de sociedad que debe sustituir a las actuales, sólo se incluyen en él mejoras éticas y jurídicas, dejando fuera todas las cuestiones que son moralmente indiferentes, cuando estas cuestiones que la moral no tiene en cuenta son de una importancia superlativa para la existencia de la sociedad.”¿Es que no hay también para la solución de ellas una norma, un debe ser, bien que exento de significación ética o jurídica?”se pregunta Ortega. El debe ser del moralista, del jurista, es pues, un debe ser parcial, fragmentario, insuficiente. Así lo expresa el autor: [“¿No tiene el labrador un ideal de campo, el ganadero un ideal del caballo, el médico un ideal del cuerpo? De estos ideales, ajenos a moral y derecho, los cuáles no son más que la imagen de aquellos seres en su estado de mayor perfección, emanan normas expresivas de cómo deber ser este campo, este caballo, este cuerpo humano.”]…[ “¿No es sospechosa una ética que al dictar sus normas se olvida de cómo es en su íntegra condición el objeto cuya perfección pretende definir e imperar?”]España Invertebrada. En definitiva, Ortega y Gasset considera que, solo debe ser lo que puede ser, y sólo puede ser, lo que se mueve dentro de las condiciones de lo que es, es decir, dentro de las condiciones de la realidad. De hecho afirma: “Fuera deseable que el cuerpo humano tuviese alas como el pájaro; pero como no puede tenerlas, porque su estructura zoológica se lo impide, sería falso decir que debe tener alas”. España Invertebrada.
  Toda sentencia de cómo deben ser las cosas presupone la fiel observación de su realidad. Por tanto, desde el punto de vista ético o jurídico no se puede construir el “ideal” de una sociedad. Esta es la gran aberración de los siglos XVIII y XIX. Con la moral y el derecho solos, no podemos ni siguiera asegurar que una utopía social sea plenamente justa.[2] Una sociedad antes que justa, tiene que ser sana, esto es, tiene que ser una sociedad. Antes que el derecho y la moral con sus esquemas de lo que debe ser, tiene que hablar el buen sentido con su intuición de lo que es.  Por lo tanto, de acuerdo con Ortega, la discusión sobre la aristocracia es absurda."La cuestión está resuelta desde el primer día de la historia humana: una sociedad sin aristocracia, sin minoria egregia, no es una sociedad". Habrá que rechazar pues, insiste el filósofo, las éticas mágicas y aceptar la única aceptable, que por cierto, Píndaro resumió en su ilustre imperativo: “llega a ser lo que eres”. Seamos en perfección lo que imperfectamente somos por naturaleza. Si sabemos mirarla, toda realidad nos muestra su defecto y su norma, su pecado y su deber.

Próximo post: Conceptos de "ejemplaridad" y "docilidad".




















[1] En las características de la infancia, considera Ortega y Gasset, se da una genial ceguera para cuánto hay de vicioso y desagradable en la realidad, de modo que sólo percibe sus porciones gratas y amables.
[2]  Porque al olvidarnos de analizar con sumo respeto la realidad, comenta Ortega, propendemos ligeramente a declarar indebidas muchas cosas que poseen un profundo sentido moral. Así se ha deducido frívolamente que son injustas las diferencias jerárquicas, sin las cuáles no hay sociedad que pueda nacer ni persistir.

martes, 12 de marzo de 2013

España Invertebrada. Segunda Parte. Épocas "Kitra" y épocas "Kali".

En el anterior post ya señalamos que en este punto Ortega, sin concluir el análisis de los conceptos de “masas” y “hombres mejores”  -que se prolongará durante prácticamente toda la segunda parte-  abandona momentáneamente España, e introduce una disquisición fundamental –que abarca varios puntos más-  en el hilo expositivo de la obra para una adecuada comprensión de los mismos.  Y es aquí, en el tratamiento de estas cuestiones, dónde podemos apreciar de modo más notable en “España Invertebrada” la influencia filosófica de Nietzsche (1844-1900) – filólogo y filósofo alemán-. Ahora bien, no nos detendremos en ello ni siquiera para reseñarlo,  puesto que la tarea que nos ocupa en esta entrada no es esa, sin embargo es un dato muy importante que no podíamos dejar de mencionar[1]. Con épocas “Kitra” y épocas “Kali” Ortega, aunque desde una perspectiva más amplia, vuelve al análisis de la estructura de la sociedad en relación a los conceptos de “masa” y “minoría excelente”, análisis que prolongará en sucesivos apartados, y por ende, nosotros en las próximas entradas.
Ortega y Gasset insiste en que, cuando la masa no se quiere dejar influir por los mejores y sigue sin estar dispuesta a la humilde actitud de escuchar, cuanto más se la quiera adoctrinar, más herméticamente cerrará sus oídos y con mayor violencia pisoteará a los predicadores. A juicio del autor, eso sólo cambiará cuando la masa sufra en sus propias carnes las consecuencias de su desviación moral: “Así ha sucedido siempre” afirmará. Insiste en que las épocas de DECADENCIA son las épocas en que la minoría directora de un pueblo  -LA ARISTOCRACIA[2]-  ha perdido sus cualidades de excelencia que produjeron su elevación. Contra esa aristocracia ineficaz y corrompida  se rebela la masa justamente, pero confundiendo las cosas, generaliza sus errores y en vez de sustituirla por otra más virtuosa, tiende a eliminar todo intento aristocrático. Se llega a creer que es posible la existencia social sin minoría excelente, más aún: se construyen teorías políticas e históricas que presentan como ideal una sociedad exenta de aristocracia. Como esto es imposible prácticamente, la nación sigue con su acelerado proceso de decadencia. Las masas de los distintos grupos o clases sociales -un día la burguesía, otro la milicia, otro el proletariado…- ensayan vanas panaceas de buen gobierno que en su simplicidad mental imaginaban poseer, así al actuar, al llevarlas a la práctica, experimentan el fracaso de sí mismas, dándose cuenta de que las cosas son más complicadas de lo que creían, y que no son ellas las llamadas a dirigirlas.
 De este modo, Ortega afirma que: “Paralelamente a este fracaso político padecen en su vida privada los resultados de la desorganización. La seguridad pública peligra; la economía privada se debilita; todo se vuelve angustioso y desesperante; no hay donde tornar la mirada en busca de socorro. Cuando la sensibilidad colectiva llega a esta sazón, suele iniciarse una nueva época histórica. El dolor y el fracaso crean en las masas una nueva actitud de sincera humildad, que les hace volver la espalda a todas aquellas ilusiones y teorías antiaristocráticas. Cesa el rencor contra la minoría eminente. Se reconoce la necesidad de su intervención específica en la convivencia social. De esta suerte, aquel ciclo histórico se cierra y vuelve a abrirse otro. Comienza un periodo en que se va a formar una nueva aristocracia.[3]” España Invertebrada.
El filósofo madrileño piensa que hay en la historia una perenne sucesión alternada de dos clases de épocas en todo pueblo: épocas de formación de aristocracia y con ellas de sociedad; y otras de decadencia de esas aristocracias y con ellas disolución de la sociedad; o lo que es lo mismo, en la cultura india que Ortega toma como ejemplo -por lo marcado de sus castas-, con épocas Kitra se refiere a la primera clase y con épocas Kali a la segunda. El autor se centra en la segunda clase  explicándonos como a los hombres de una época Kali les irrita sobremanera la idea de las castas[4] -entendámoslo como clases sociales – considerando además, que estamos ante un pensamiento profundo y certero. Dos elementos muy distintos y de valor desigual se unen en él, a saber:
Por un lado, la idea de la organización social en castas significa el convencimiento de que la sociedad tiene una estructura propia que consiste objetivamente, queramos o no, en una JERARQUÍA DE FUNCIONES. Por ello, tan absurdo es ignorar que la tierra tiene norte y sur como ignorar la existencia de una contextura esencial a toda sociedad, consistente en un sistema jerárquico de funciones colectivas. Mientras que el otro elemento que, infiltrándose en el primero forma el concepto de casta, proviene del criterio para distinguir qué individuos deben ejercer esas diferentes funciones: “El indo, dominado por una interpretación mágica de la naturaleza, cree que la capacidad para ejercer una función va adscrita, como mística gracia, a la sangre. Sólo podrá ser buen guerrero el hijo del guerrero y buen hortelano el hijo del hortelano. Los individuos son pues, repartidos en los diversos rangos en virtud de un principio genealógico, de herencia sanguínea.” España Invertebrada.
Ahora bien considera Ortega, si eliminamos ese principio mágico que sirve de criterio para el régimen de castas, nos queda una concepción de la sociedad más profunda y trascendente que las más prestigiosas de la modernidad. No obstante, la ideología política moderna ha estado dirigida por una inspiración no menos mágica que la asiática, aunque de signo inverso: “Se pretende que la sociedad sea según a nosotros se nos antoja que debe ser. ¡Como si ella no tuviera su inmutable estructura o esperase a recibirla de nuestro deseo! Todo el utopismo moderno es magia.” España Invertebrada.  Y finaliza: “No pasará mucho tiempo sin que el gesto de Kant[5], decretando cómo debe ser la sociedad, parezca a todos un torpe ademán mágico.”
Próximo post: La magia del “debe ser”.


[1] La nota va dirigida principalmente al lector cuya familiaridad con la filosofía es escasa o nula. Es indudable la importancia del pensamiento de Nietzsche al respecto y las influencias de éste en la concepción de Ortega, por lo que penetrar, aunque fuera mínimamente en el mismo, sería lo más adecuado para tener una “visión” completa de tales conceptos. Ahora bien, ello supondría desviarnos ligeramente del objetivo, bien alargando algunas entradas, bien dedicando exclusivamente algún post a dicha tarea que, por otra parte, no consideramos que sea necesario para las modestas pretensiones de este blog, ni siquiera para la comprensión de la obra por parte de ese lector no especializado.
[2] Con “Aristocracia” Ortega, al igual que Nietzsche, no se refiere precisamente y exclusivamente a la clase social en sí misma, sino más bien, a la clase de los mejores cualitativamente. En la siguiente nota a pie de página Ortega puntualiza la cuestión de un modo más claro.
[3] Ortega puntualiza: “Todo este proceso se desarrolla, no sólo, ni siquiera principalmente en el orden político, sino que las ideas de aristocracia y masa han de entenderse referidas a todas las formas de relación interindividual. Cuando la subversión moral de la masa contra la minoría mejor llega a la política, ya ha recorrido todo el cuerpo social”.
[4] Cabe decir que el concepto de “Casta” es más profundo y distinto, al moderno concepto de ”Clase social”, sin embargo ahora no consideramos pertinente detallar esta distinción. La de Ortega es análoga a la concepción nietzscheana y weberiana –relativa a Max Weber (1864-1920), filósofo, sociólogo, economista e historiador alemán.-, ahora bien, como ya hemos dicho, no entraremos en los pormenores de la cuestión porque la tarea que nos ocupa es otra.
[5] Immanuel Kant (1724-1804); filósofo ilustrado prusiano, defensor del racionalismo moral y primer filósofo que formula una ética formal –del deber-, aportando un criterio o ideal regulador para la acción del hombre. Esto es, aporta un criterio moral de cómo debe comportarse el hombre en sociedad.

martes, 5 de marzo de 2013

España Invertebrada. Segunda Parte. El imperio de las masas.

En el anterior post comentábamos como Ortega, para localizar el foco del profundo problema  que España padece y superar el particularismo que atrofia nuestras funciones espirituales, partía de un ejemplo preciso de esa deformación, es decir, partía del análisis del tópico: “Hoy no hay hombres” -en España se entiende-.  El filósofo madrileño nos mostraba en su análisis cómo la relación entre la “masa” y “los hombres” –individuos directores-  que se desprende de dicha expresión popular -aun sin ir ésta mal encaminada-, encierra un equívoco y un error de dependencia. Ortega consideraba que en una nación decadente como  España, las masas no quieren ser masas, sino que cada miembro de la masa se cree personalidad directora y descarga sobre todo el que sobresale –en definitiva, sobre la excelencia- todo su odio, necedad y envidia. Es por ello por lo que para justificar su ineptitud la masa afirma que no hay “hombres”. De acuerdo con Ortega, el entusiasmo de las masas no depende de la valía de los hombres directores, sino que ocurre todo lo contrario: el valor social de los hombres directores depende de la capacidad de entusiasmo que posea la masa. Es decir, “Los hombres” son propiamente una creación efusiva de las masas entusiastas. O lo que es lo mismo, esa “hombría” a la que la masa se refiere, no consiste en las capacidades o talento del individuo –del hombre-, sino en las que la masa pone sobre ciertas personas elegidas. Porque por más talento o genio que tenga un individuo a nivel particular  –en la esfera de su privacidad-  ello no se traduce necesariamente en eficacia, esto es, en una influencia pública relevante. Es la masa con su entusiasmo la que la otorga. Por tanto a continuación, sin abandonar ésta cuestión, dedicaremos la entrada a proseguir con el análisis que de las masas lleva a cabo el autor.
Una nación es una masa humana organizada y estructurada por una minoría de individuos selectos. Ortega considera que ésta es una verdad que se refiere a un estrato de la realidad histórica mucho más profundo que aquel dónde se agitan los problemas políticos .La forma jurídica que una nación adopte, por más democrática  -incluso comunista- que ésta sea, su constitución transjurídica  -es decir, viva-  consistirá siempre en la acción dinámica de una minoría sobre una masa. Se trata de una ineludible ley natural. En toda agrupación humana se produce espontáneamente una articulación de sus miembros según la diferente densidad vital que poseen  -análogamente ocurre en física con la ley de densidades de los cuerpos, utilizando de nuevo el autor, una de sus ya habituales comparaciones con leyes físicas, como es el caso,  y también con procesos biológicos-. De hecho, esto se observa en la forma más simple de sociedad: la conversación entre varias personas. Así lo ejemplifica Ortega: “Cuando seis hombres se reúnen para conversar, la masa indiferenciada de interlocutores que al principio son, queda poco después articulada en dos partes, una de las cuales dirige en la conversación a la otra, influye en ella, regala más que recibe. Cuando esto acontece, es que la parte inferior del grupo se resiste anómalamente a ser dirigida, influida por la porción superior, y entonces la conversación se hace imposible.” España Invertebrada. Por tanto, cuando en una nación la masa se niega a ser masa, esto es, a seguir a la minoría directora, la nación se deshace, la sociedad se desmembra y sobrevive el caos social... sobreviene la invertebración histórica. Un caso extremo de esta invertebración estamos viviendo ahora en España afirma Ortega –se refiere de nuevo a la época en la que escribe la obra.-
El filósofo madrileño con este ensayo trata de corregir la miopía que usualmente se padece a la hora de mirar los fenómenos sociales e históricos, consistente en creer que éstos son los fenómenos políticos, y que por tanto, los males sociales e históricos de una nación son males políticos. Claro está que lo político es el escaparate de lo social y de lo histórico, es lo que siempre salta a la vista en primer lugar, pero no es más que la punta del iceberg  -ahora bien, ello no significa que no haya específicamente problemas políticos, que los hay; o que todo problema político tenga siempre su raíz en uno social y/o histórico-. Entonces, y de acuerdo con Ortega, cuando el problema es político, no es nunca grave, es decir: cuando en una nación lo que está mal es la política puede decirse que nada está muy mal, pero en España por desgracia, lo que está mal de verdad no es tanto la política  -aunque  también lo está ya que es un reflejo del estado social e histórico-, como la sociedad misma, es decir, el corazón y la cabeza de casi todos los españoles.
Ahora bien, como ya hemos señalado anteriormente, Ortega trata de localizar el foco de la enfermedad española, pero para realizar tal tarea, previamente debe señalar en qué consiste ese mal. Prensa -medios de comunicación- y Parlamento dirigen la atención del ciudadano hacia los delitos circunscritos en lo que se llama “INMORALIDAD PÚBLICA”  -es aquello  que actualmente denominamos como corrupción “política”/"pública- como la causa de nuestra progresiva descomposición. El autor no duda de que padezcamos una abundante dosis de “inmoralidad pública”, pero piensa, que al mismo tiempo un pueblo con esa enfermedad podría pervivir, incluso progresar y crecer, tan sólo hemos de dirigir nuestra mirada por ejemplo, a E.E.U.U durante los últimos 50 años. Sin embargo y lamentablemente, la enfermedad española es mucho más grave que la “inmoralidad pública” que evidentemente se da, y que aun estando muy presente en nuestra sociedad, no implica crecimiento alguno. No obstante, peor que tener una enfermedad es ser una enfermedad, y esa enfermedad se llama España. España es el problema piensa Ortega y Gasset. Que una sociedad sea inmoral o contenga inmoralidad es grave, pero que una sociedad no sea una sociedad es mucho más grave. Este es nuestro caso, la sociedad española se está disociando desde hace mucho tiempo porque tiene infectada la raíz misma de la actividad socializadora.
El hecho primario social es la organización en dirigidos y directores de un montón humano. Esto supone en unos, cierta capacidad para dirigir, y en otros, cierta facilidad íntima para dejarse dirigir[1]. En suma: dónde no hay una minoría que actúe sobre una masa colectiva y una masa que sepa aceptar el influjo de una minoría, no hay sociedad, o se está muy cerca de que no la haya. Así, de este modo, en España vivimos entregados al imperio de las masas.[2] Ortega representa con un acertado ejemplo este fenómeno mortal de insubordinación de las masas contra toda minoría eminente, y que se manifiesta con tanta mayor exquisitez cuanto más nos alejamos de la zona política: “Así el público de los espectáculos y conciertos se cree superior a todo dramaturgo, compositor o crítico, y se complace en cocear a unos y otros. Por muy escasa discreción y sabiduría que goce un crítico, siempre ocurrirá que posee más de ambas calidades que la mayoría del público. Sería lo natural que ese público sintiese la evidente superioridad del crítico y, reservándose toda la independencia definitiva que parece justa, hubiese en él la tendencia de dejarse influir por las estimaciones del entendido. Pero nuestro público parte de un estado de espíritu inverso a éste: la sospecha de que alguien pretenda entender de algo un poco más que él, le pone fuera de sí”. España Invertebrada. En España, dondequiera que estemos siempre asistimos al deprimente espectáculo de que los peores, que son los más, se revuelven frenéticamente contra los mejores. ¿Cómo va a haber organización en la política española si no la hay ni siquiera en las conversaciones? se pregunta Ortega.
El filósofo madrileño piensa que España se arrastra invertebrada, no ya en su política, sino en lo que es más hondo y substantivo que la política, en la convivencia social misma, dejando así de funcionar los mecanismos e instituciones que integran y “articulan” la máquina pública hasta que sobrevenga un definitivo colapso histórico. Por tanto, de este modo, no habrá ruta posible para salir de tal situación porque, negándose la masa a lo que es su biológica misión, esto es, seguir a los mejores, no aceptará ni escuchará las opiniones de éstos, y sólo triunfarán en el ambiente colectivo las OPINIONES DE LA MASA, siempre inconexas, desacertadas y pueriles. Dadas por terminadas –por el momento-  las consideraciones acerca de las masas, Ortega en el próximo punto abandona brevemente su análisis de España para tratar unas serie de disquisiciones de distinta índole -y que hemos de considerar como un paréntesis, en el transcurso de la exposición periódica de las ideas cardinales de la obra-, pero que también son de suma importancia para su propósito inicial, e indiscutiblemente cruciales para una adecuada comprensión del concepto de “Los mejores”, esto es, de los hombres mejores, de la excelencia.
Próximo post: Épocas “Kitra” y épocas “Kali”.






[1] Ortega afirma que, el lector más adelante podrá comprobar que no se trata exclusivamente, ni siquiera principalmente, de directores y dirigidos en el sentido político; esto es, de gobernantes y gobernados. El autor insiste en que lo político es sólo una faceta de lo social.
[2]  Ahora bien, que no veamos en la calle motines, asaltos y altercados no significa que no haya un dominio de las masas; una revolución callejera significaría sólo el aspecto político que toma, a veces, el imperio de una masa social determinada: la proletaria. Ortega se refiere a un dominio más radical, profundo, difuso y omnipresente, y no es de una masa social, sino de todas, pero especialmente de las poderosas: la clase media y superior; que por muy media y alta que sean, no dejan de ser  “masas”. No confundamos aquí “masa” con “proletariado”.

martes, 26 de febrero de 2013

España Invertebrada. Segunda parte. La ausencia de los mejores. ¿No hay hombres o no hay masas?

Para comenzar con la exposición de la segunda parte de “España Invertebrada” cuyo título reza: “La ausencia de los mejores”, hay que  insistir en que dicha parte se antoja fundamental para la correcta comprensión de la obra. Es la parte clave del análisis de ese problema llamado España. Como el lector puede apreciar, el título sugiere claramente la dirección que tomará Ortega y Gasset en la misma, y nosotros por ende en las próximas entradas, pero que por lo pronto no vamos a desvelar, sino que dejaremos en el aire varias cuestiones: ¿Por qué el autor habla de la ausencia de los mejores?, ¿En qué sentido lo afirma?, ¿Quiénes son y dónde están "los mejores"?. No obstante,  antes de adentrarnos de lleno en dicha parte con el primer post: ¿No hay hombres o no hay masas?, nos parece totalmente pertinente como piedra de toque, presentar una sinopsis de la primera parte de la obra: “Particularismo y acción directa”.
 En esa primera parte, Ortega ha intentado sugerir que la actualidad pública de España –refiriéndose a la época en la que escribe la obra-  se caracteriza por un imperio casi exclusivo del PARTICULARISMO y la táctica de la ACCIÓN DIRECTA que le es aneja. A este fin, convenía partir, como del hecho más notorio, del separatismo Catalán y Vasco. Ahora bien, Ortega no ve en el catalanismo y el bizcaitarrismo síntomas alarmantes por lo que de positivo y singular hay en ellos  – hábitos y prácticas propias y singulares-, sino por lo que de negativo y común hay en ellos, a saber: al gran movimiento de desintegración que empuja la vida de toda España. Por ello nuestro autor mostraba que estos separatismos de ahora no eran más que la continuación de un progresivo desprendimiento territorial sufrido por España durante tres siglos, y no una especie de tumor surgido de repente en el “cuerpo español”. Por último, convenía destacar la unidad que existe entre el particularismo regional o territorial y el de las clases, grupos y gremios.
 En la primera parte de la obra  ha quedado patente que España padece una grave enfermedad. Ahora bien, para señalar el mal profundo que aqueja España es necesario superar el aislamiento y la limitación del individuo, grupo y región -esto es, el fuerte particularismo existente-; razones por las cuáles nuestras funciones espirituales están atrofiadas y no funcionan como las de los pueblos sanos, en los que el alma individual se emplea en la creación o recepción de grandes proyectos, ideas y valores colectivos. Por tanto, para localizar el foco de tal problema, Ortega va a partir como ejemplo curioso de esta atrofia, de un tópico muy extendido y aparentemente inocente -pero que lo dice todo acerca de nuestro carácter como pueblo-. El tópico referido es el dicho popular: “HOY NO HAY HOMBRES EN ESPAÑA”.  Efectivamente, decir eso implica suponer que antes sí los hubo –hombres en España-, es decir, el tópico muestra una comparativa entre el ayer y el hoy –época en la que Ortega escribe la obra-. Y el ayer es la “supuesta” época feliz de la Restauración y La Regencia en la que todavía había “hombres”. Ahora bien, ese período de la historia de España es desgraciadamente la hora de mayor declinación en los destinos étnicos de España, y por tanto,  evidentemente, carecía de grandes figuras  -especialmente comparado con otros países-.
Respecto a ello Ortega considera que en casi todas las disciplinas y ejercicios hay hoy españoles tan buenos, si no mejores, que los de ayer, aunque si bien es cierto, tan pocos hoy como ayer. Es decir, que en España ha habido grandes hombres en numerosas y diferentes épocas, no hay que ponerlo en duda, pero éstos han sido muy escasos. Y los que han tenido un nivel óptimo -que son y han sido muchos-  no son mucho mejores los de ayer que los de hoy. Ahora bien, de acuerdo con el autor el tópico no anda tan mal encaminado, es decir: que ayer había  “HOMBRES” y hoy no. El filósofo madrileño piensa que la “HOMBRÍA” que sin darse cuenta echa de menos la gente hoy, no consiste en las capacidades o dotes que la persona posee, sino precisamente en las que la masa, el público, la muchedumbre… pone sobre ciertas personas elegidas.  Por tanto la hombría no estaba en esas personas, sino que estaba en torno a ellas, era como una mística aureola que los circundaba proveniente de su representación colectiva. Las masas habían creído en ellos y los habían exaltado, y este respeto multitudinario aparecía condensado en la figura de su mediocre personalidad –cosa por cierto, muy común en este país-.
Por tanto, atendiendo a ello, podemos decir que Ortega considera que: lo que califica más certeramente a un pueblo y a cada época de su historia es el estado de las relaciones entre la masa y la minoría directora. La acción pública  -política, intelectual, educativa…- es de tal carácter que, un individuo por sí solo, por muy genio que sea, no puede ejercerla eficazmente. La influencia pública o social emana de energías muy diferentes de las que actúan en la influencia privada que cada persona pueda ejercer sobre otra. Es decir, la genialidad y el talento son una cuestión individual, privada; sin embargo un hombre nunca podrá ser eficaz –influyente- por sus cualidades individuales, esto es, por su genialidad y talento, sino por la energía social que la masa haya depositado en él. Sus talentos personales fueron sólo el motivo, el pretexto para condensarse en él ese dinamismo social. De hecho Ortega -ejemplificándolo de un modo muy ilustrativo- afirma que: “Así, un político irradiará tanto de influjo público cuanto sea el entusiasmo y confianza que su partido haya concentrado en él. Un escritor logrará saturar la conciencia colectiva en la medida que el público sienta hacia él devoción. En cambio, seria falso decir que un individuo influye en la proporción de su talento o de su laboriosidad. La razón es clara: cuanto más hondo, sabio y agudo sea un escritor, mayor distancia habrá entre sus ideas y las del vulgo, y más difícil su asimilación por el público. Sólo cuando el lector vulgar tiene fe en el escritor y le reconoce una gran superioridad sobre sí mismo, pondrá el esfuerzo necesario para elevarse a su comprensión”. España Invertebrada.
No obstante, y de acuerdo con el filósofo madrileño, dado que nos encontramos en un país como España, dónde la masa es incapaz de humildad, entusiasmo y adoración a lo superior, se dan todas las probabilidades para que los únicos personajes públicos influyentes sean los más mediocres e imbéciles, los más asimilables. Aunque utiliza el ejemplo de escritores y políticos, considera que lo mismo podríamos decir de cualquier profesión al nivel que sea. Pero, y he aquí lo más interesante, lo propio acontece con el PÚBLICO piensa Ortega:”Si la masa no abre, ex abundantia cordis  , por fervorosa impulsión,  un largo margen de fe entusiasta en un hombre público, antes bien, creyéndose tan lista como él, pone en crisis cada uno de sus actos y gestos, cuanto más fino sea el político, más irremediables serán las malas inteligencias, menos sólida su postura y más escaso estará de verdadera representación colectiva.” España invertebrada.
Finalizaremos el post incidiendo en la determinación de Ortega. Para el filósofo madrileño “Los hombres” cuya ausencia deplora el susodicho tópico son propiamente una creación efusiva de las masas entusiastas, son ”MITOS COLECTIVOS” en el mejor sentido del vocablo -porque no son precisamente el arquetipo en el que deberíamos fijarnos-. Teniendo esto en cuenta Ortega incide en que, en las horas de historia ascendente de una nación, de apasionada instauración nacional, las masas se sienten masas, se sienten colectividad anónima que, amando su propia unidad, ésta es simbolizada y concretada en ciertas personas elegidas  -capacitadas- depositando en ellas toda su energía vital. Entonces se dice que hay “hombres”. En cambio, en las horas de historia descendente y decadente, cuando una nación se desmorona víctima del particularismo  -como es el caso de España-, las masas no quieren ser masas, sino que cada miembro de ellas se cree personalidad directora, y revolviéndose contra todo el que sobresale, descarga sobre él todo su odio, su necedad y toda su envidia. Entonces para justificar su ineptitud y acallar un íntimo remordimiento, la masa dice que no hay “HOMBRES”. Por tanto,  y de acuerdo con Ortega, es erróneo pensar que el entusiasmo de las masas depende de la valía de los hombres directores, sino que ocurre todo lo contrario; el valor social de los hombres directores depende de la capacidad de entusiasmo que posea la masa. De hecho hay épocas en las que el alma popular se vuelve envidiosa, petulante, sórdida y se atrofia en ella el poder de crear mitos sociales. En definitiva, y para concluir, dejaremos que sea el propio autor el que se exprese: “Existe en la muchedumbre un plebeyo resentimiento contra toda posible excelencia y después de haber negado a los hombres mejores todo fervor y social  consagración, se vuelve contra ellos y les dice: “No hay hombres”. ¡Curioso ejemplo de la sólita incongruencia entre lo que la opinión pública dice y lo que más en lo hondo siente! Cuando oigáis decir: “Hoy no hay hombres”, entended: “Hoy no hay masas[1]”. España Invertebrada.

Próximo post: El imperio de las masas.


[1] El texto siguiente, se incluía bajo el epígrafe “CONCLUSIÓN” al término de algunas páginas, que antes de formar parte del libro, fueron publicadas en el diario El Sol entre diciembre de 1920 y  febrero de 1921:“No aspiraba este ensayo a otra cosa que a diagnosticar el mayor mal presente de nuestra España, ¿las causas?, ¿los medios de curarlo? Me parece muy difícil que alguien lleve en su bolsillo la receta suficiente. Los orígenes del morbo terrible son viejos, muy viejos; en rigor, van unidos a la raíz misma de nuestro espíritu étnico. Los pueblos triunfan por sus virtudes y buenas dotes, pero fracasan por no atender en sazón a sus defectos. El coloso de piedra olvida sus pies de barro. España, más que los pies, ha tenido de barro la testa. Conforme pasan los años y con ellos se  van acumulando experiencias y meditaciones, crece en mí la sospecha de que nuestra facultad más enteca has sido siempre el intelecto. Nunca tuvimos mucho, y casi perpetuamente hemos descuidado ese cultivo. ¿Cómo convencer a un pueblo entero de que es poco inteligente y de que no se salvará mientras no se convenza de ello? No seré yo quien tenga la avilantez de intentarlo. Concluyo pues estos estudios sobre la hora presente de España con tres sencillas observaciones. PRIMERA: Un pueblo vive de lo mismo que le dio la vida, la aspiración. Para mantenerlo unido es preciso tener siempre ante sus ojos un proyecto sugestivo de vida en común. Sólo grandes, audaces empresas despiertan los profundos instintos vitales de las grandes masas humanas. No el pasado, sino el futuro, no la tradición, sino el afán. SEGUNDA: Esas grandes empresas no pueden hoy, por lo pronto, consistir más que en una gigantesca, dinámica reforma de la vida interior de España orientada hacia un destino internacional; la unificación espiritual de los pueblos de habla española. España tiene que volver al crisol de una reforma omnímoda que, fundiendo sus partes, torne a unirlas, Reforma y América. TERCERA: Nada de eso se puede iniciar sin convencernos antes de que en España hoy, como siempre, es reducidísimo el número de hombres bien dotados. Si no es situado cada cual en el puesto donde mayor rendimiento pueda dar, todo será vano. Culto al hombre selecto.”
 

viernes, 22 de febrero de 2013

España Invertebrada. Primera Parte. Reflexiones finales.

Bajo el título de "Reflexiones finales" expondremos en este post, una recapitulación y algunas reflexiones sobre la primera parte de “España Invertebrada”,  tarea que consideramos totalmente oportuna para afrontar la segunda parte de la obra en próximas entradas. Dejando a un lado los prólogos, y sin detenernos excesivamente en las herramientas conceptuales que el autor utiliza para llevar a cabo su análisis de España – nos referimos a los dos primeros puntos de la obra: “Incorporación y desintegración” y “Potencia de nacionalización”-,  repasaremos de acuerdo con el filósofo madrileño el resto de contenidos. Para analizar el problema español, Ortega y Gasset parte de un fenómeno observado a principios del siglo XX, y al que considera como uno de los más característicos de la vida política española en los últimos años. Éste no es otro que la aparición de movimientos de secesión étnica y territorial, esto es: nacionalismos, regionalismos y separatismos  –principalmente el autor citará, y en no pocas ocasiones, los nacionalismos vasco y catalán por ser los más representativos-. Por tanto Ortega se interrogará acerca de la causa de dichos movimientos. Es decir: ¿Por qué hay separatismo en España?
Por el momento no da una respuesta definitiva a la pregunta, sino que a partir de la misma comienza a desplegar su análisis. Ortega considera que la mayor parte de los ciudadanos creen que el “nacionalismo” es un movimiento artificioso extraído de la nada, sin causas ni motivos profundos, que empieza de repente hace unos cuantos años, debido a que una serie de individuos –los nacionalistas- , movidos caprichosamente por codicias económicas, soberbias personales y envidias más o menos privadas, deliberadamente llevan a cabo esa labor de despedazamiento nacional. Es más, creen que el único modo de resolver el asunto pasa por hacer uso de todo el poder del que dispone el Estado central, ahogando esos movimientos por directa estrangulación. Ahora bien, pensar así implica considerar que España era una masa homogénea, un volumen compacto, sin discontinuidades cualitativas y sin diferencias interiores. Ello significa padecer un grave defecto ocular –como afirmaría el propio Ortega-, poseer una percepción errónea de la realidad histórica nacional. De acuerdo con el filósofo madrileño, España es una cosa creada, forjada por Castilla, un todo compuesto por distintas partes – por diferentes unidades sociales-. La génesis de España es el resultado de un proceso de incorporación[1] iniciado por Castilla, imponiéndose a otras unidades sociales existentes en la península,  y culminado con la unión de los dos grandes reinos con las dos políticas internacionales más importantes de la misma, a saber: la propia Castilla y Aragón. Castilla fue la primera en superar el hermetismo aldeano y rural del resto de pueblos ibéricos y pensar un sugestivo proyecto político de futuro que poder realizar. Aragón no tardó en aceptar el ofrecimiento de Castilla porque comprendió la necesidad de participar en él, de participar de una “España” mayor con una política internacional de “altos vuelos”.  
Ahora bien,  con respecto a ello Ortega se pregunta: ¿Con qué fin se lleva a cabo dicha unión? La unión no se lleva a cabo con la idea de convivir juntos sin más, sino todo lo contrario, se hace para crear un imperio aún más amplio. La unidad de España se hace para esto y por esto. Ese proyecto sugestivo de vida en común y la colaboración necesaria que de ahí nace fue lo que posibilitó el proceso de incorporación nacional. Evidentemente, ese proceso de crecimiento no fue indefinido, sino que alcanzó su cenit. El punto de inflexión, el límite que traza Ortega como línea divisoria de los destinos peninsulares lo encontramos en el año 1580. Hasta aquí la historia de España había sido ascendente y acumulativa  -el proceso incorporativo fue en crecimiento hasta Felipe II-  pero a partir de aquí será decadente y dispersiva, comenzando el proceso de desintegración del imperio[2] de la periferia al centro.  ¿Termina aquí entonces el proceso de desintegración? La respuesta es negativa. Aquí no termina el proceso de desintegración sino que continúa en la península. Llegados a este punto, nuestro autor introduce en el análisis el concepto de particularismo. Para su correcta comprensión, cabe recordar que el proceso incorporativo consistía en una faena de totalización, esto es: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo, mientras que la desintegración era el proceso inverso, las partes del todo –las diferentes unidades sociales existentes en la nación- comienzan a vivir como todos aparte –que no como partes independientes fuera del todo-. Este fenómeno de la “vida histórica” denominado “particularismo” es considerado por el filósofo madrileño como el rasgo más profundo y grave de la actualidad española. Por tanto, retomamos de nuevo  la cuestión del nacionalismo, regionalismo y separatismo por su estrecha vinculación con el concepto de particularismo, ya que el mismo está en la base de estos movimientos de secesión, adquiriendo por ello una especial relevancia. Todavía sin mostrar su tesis al respecto claramente, Ortega piensa que los nacionalismos catalán y vasco son la manifestación más acusada del estado de descomposición en que se halla nuestro pueblo. Ambos suponen una prolongación de la dispersión iniciada hace tres siglos.
En lo sucesivo, nuestro autor aclarará en qué consiste dicho concepto, haciendo referencia al proceso de gestación de España cuando lo considera oportuno. La actitud particularista implica un desinterés total hacia los demás –el resto de partes-. Es más, una característica fundamental de este estado social es la hipersensibilidad para los propios males, esto es: los problemas de cada parte –de cada uno-  son más importantes que los del resto, y las “ofensas” provenientes de las demás partes –los otros- son intolerables. Ortega quiere corregir el pensamiento político al uso, que busca el mal radical del nacionalismo catalán y vasco precisamente en Calaluña y en Vasconia, cuando no es allí dónde se encuentra. Porque de acuerdo con él, cuando una sociedad se consume víctima del particularismo el primero en mostrarse particularista es el poder central, como es el caso concreto de España. Castilla hizo a España y Castilla la deshizo. Es decir: Castilla como núcleo inicial de la incorporación ibérica, acertó a superar su propio particularismo e “invitó”[3] a los demás pueblos peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Ahora bien, todas esas aspiraciones se tornaron tópicos petrificados –desapareció el dinamismo originario- y Castilla empleó todas sus energías en conservar el pasado –la tradición- olvidándose de toda innovación futura. Así se convirtió en lo opuesto de sí mismo, se volvió suspicaz, angosta y sórdida. Comenzó a hacerse particularista. De acuerdo con Ortega, todos los poderes nacionales  -especialmente Monarquía e Iglesia- han mirado para sí mismos durante tres siglos, se han obstinado en hacer adoptar sus destinos propios como los verdaderamente nacionales. Así, la política española durante todo ese tiempo ha sido particularista. Por tanto, en lugar de renovar periódicamente las ideas vitales para llevar a cabo empresas -fomentando así la unión-  el poder público ha ido triturando la convivencia española y ha usado su fuerza “nacional” casi exclusivamente para sus fines privados.
 Por todo ello, Ortega y Gasset respecto a los nacionalismos -en concreto, el catalán y el vasco- concluirá que, lo fundamental en los mismos no es lo que reflejan sus discursos  –diferencias étnicas, idioma propio, crítica a la política central…- sino  lo que no se advierte, esto es: lo que tienen en común con el largo proceso de secular desintegración de España y con el particularismo latente y distintamente modulado que existe en el resto del país. De este modo, interpreta el secesionismo vasco-catalán como un caso específico de particularismo más general existente en toda España.
El particularismo, nos dice Ortega, no es una actitud exclusiva del nacionalismo, sino que abarca un amplio espectro de la sociedad española. El proceso de incorporación en que se organiza una gran sociedad articulada por grupos étnicos o políticos diversos, implica que conforme ese “cuerpo nacional” crece y se complican sus necesidades, surge el contrapunto de un proceso diferenciador que divide al mismo en clases, grupos profesionales, oficios, gremios…esto es, en agrupaciones diversas de individuos asociadas en torno a una actividad determinada. Respecto a los grupos étnicos incorporados, éstos ya existían como todos independientes antes de la incorporación, en cambio, las clases y los grupos profesionales nacen ya como partes de ese todo  -o cuerpo nacional-, por lo que no podrían subsistir por sí solos, sino que necesitan de las demás partes y en definitiva: ser partes inseparables de una estructura -el cuerpo público- que los envuelve y lleva. De ahí la necesidad de que cada clase y gremio mantenga la conciencia de que hay otras de cuya cooperación necesitan, y que éstas son tan respetables como la suya propia  -y si sus hábitos no se toleran en parte, por lo menos han de ser conocidos-.  Ahora bien: ¿Cómo se mantiene despierta esta corriente profunda de solidaridad y cooperación? La convivencia nacional –Ortega insiste contínuamente en este punto- es una realidad activa y dinámica, no es coexistencia pasiva y estática. La nacionalización  – proceso de formación de una nación- se produce en torno a grandes y sugestivas empresas de futuro que exigen de todas las partes disciplina y mutuo aprovechamiento para sacar el máximo rendimiento. Por ello cuando ésto falta, cada clase o gremio pierde la sensibilidad hacia el resto de clases o gremios -no percibe su contacto y presión alrededor- creyéndose así, que sólo ella existe, que ella es “un todo”. Este es el particularismo de clase –o gremial-  que es un síntoma mucho más grave de descomposición que los movimientos de secesión étnica y territorial, porque como ya se ha dicho, clases y gremios son partes de un todo –cuerpo nacional- en un sentido más radical que los núcleos étnicos y políticos.
 Ortega entiende que la vida social española ofrece un extremado ejemplo de este atroz particularismo. España se articula, se vertebra –o mejor dicho, se no-articula- por medio de una serie de compartimentos estancos, es una nación invertebrada -si es que de algún modo podemos llamarla “nación”-. Cada clase y cada gremio vive herméticamente cerrado dentro de sí mismo, polarizado en sus tópicos gremiales –que hasta cierto punto es normal-, y les trae sin cuidado lo que acaece en el recinto de los demás. De hecho, nuestro autor afirma: "...díficil será imaginar un conglomerado humano que sea menos una sociedad".  Este particularismo no es ajeno a casi ninguna de las partes orgánicas de España, y se presenta siempre que en una clase o gremio, por la razón que sea, se produce la ilusión intelectual de creer que los demás no existen como plenas realidades sociales, o cuando menos, no merecen existir. Todos los gremios, clases, grupos, partes… han pasado por momentos en los que, perdida la fe en la organización nacional y embotada su sensibilidad para los demás grupos fraternos, han creído que su misión consistía en imponer directamente su voluntad. Dicho de otro modo: Ortega afirma que: “Todo particularismo conduce inexorablemente a la acción directa”. Ahora bien: ¿Qué es la acción directa y en qué consiste? Una nación –en estados normales de nacionalización- es una ingente comunidad de individuos y grupos que cuentan los unos con los otros -aunque este contar con el prójimo no implique necesariamente simpatía hacia él-, y en la que cuando alguna clase desea algo, debe esforzarse por obtenerlo a través de la voluntad general, es decir, debe buscar previamente un acuerdo con los demás, tratar de convencerlos, y de este modo recibir la consagración de la legalidad. Tal esfuerzo es la acción legal. Evidentemente esta función de contar con los demás tiene sus órganos peculiares: las instituciones públicas tendidas entre individuos y grupos como resortes de la solidaridad nacional. Eso es lo normal. Sin embargo, en el caso concreto de España, cualquier clase o gremio está atacado de particularismo y se siente humillado cuando piensa que para lograr sus deseos necesita recurrir a esas instituciones u órganos públicos del contar con los demás. Esa humillación se traduce en repugnancia por el resto de clases y gremios, adquiriendo mayor virulencia si se trata de la clase política, convirtiéndose ésta en el blanco de la ira nacional, cuando realmente el desprecio no sólo va dirigido a este gremio, sino a la totalidad de la sociedad. Respecto a ello, Ortega insiste en que si prestamos oídos a la opinión generalizada, parece que los políticos son los únicos españoles que no cumplen con su deber, ni gozan de las cualidades para cumplir con el mismo, mientras que el resto de grupos, clases o gremios están muy bien dotados, viendo anuladas sus virtudes y talentos por la fatal intervención de esa clase tan perversa, mal dotada e interesada que son los políticos.
 Sin embargo Ortega piensa que los políticos son fiel reflejo de los vicios étnicos de España, y considera que aún son un punto menos malos que el resto de nuestra sociedad. Ahora bien, nuestro autor reconoce que hay muchas causas justificadas de la repugnancia que las demás clases sienten hacia el gremio de los políticos, pero para él la decisiva es la siguiente: al político se le odia más que como gobernante como parlamentario, porque simboliza o representa el órgano de la convivencia nacional, el órgano demostrativo de trato y acuerdo entre iguales: el parlamento. Y eso es lo que en secreto, produce irritación en las conciencias de clase en España: tener que contar con los demás, a quienes en el fondo se desprecia u odia. De este modo, en España el particularismo de las clases sociales o gremios, no es de orden racional, sino de orden emotivo y espontáneo. Cada grupo se considera como el todo social  por desprecio del otro, por un exceso de egoísmo y prepotencia o por ambas cosas a la vez. Ese es el estado de conciencia según Ortega, que actúa en el subsuelo espiritual de casi todas las clases españolas.
Por tanto, para terminar con éste post en el que hemos llevado a cabo la mencionada recapitulación de la primera parte de "España Invertebrada", sólo queda incidir en las conclusiones a las que llega Ortega tras el análisis realizado. El filósofo madrileño insiste en que cualquier cambio, movimiento, revolución… de la índole que sea, jamás podrá triunfar a base de exclusiones, afirma cuán penoso es observar cómo desde hace muchos años en el periódico, sermón o mitin, se renuncia a convencer al infiel y sólo se habla al parroquiano convicto –actitud que al lector, también resultará familiar en nuestros días-.  A esto se debe el progresivo empequeñecimiento de los grupos de opinión. Es decir, en España cada grupo, clase o gremio son enemigos de intentar convencer con sus ideas al resto, porque creen que todo aquel que es de su grupo, ha de serlo eternamente.  A los españoles, afirma Ortega: “Nos falta la cordial efusión del combatiente y nos sobra la arisca soberbia del triunfante. No queremos luchar: queremos simplemente vencer. Como esto no es posible, preferimos vivir de ilusiones y nos contentamos con proclamarnos ilusamente vencedores en el parvo recinto de nuestra tertulia de café, de nuestro casino, de nuestro cuarto de banderas o simplemente de nuestra imaginación”. España Invertebrada. Quién desee por tanto, que España entre un período de consolación, de esperanza, y en serio ambicione la victoria, deberá contar con los demás, aunar fuerzas, y “excluir toda exclusión” reseña el filósofo.[4] El autor piensa que la insolidaridad produce un fenómeno muy característico en la vida pública de nuestro país: cualquier clase, grupo o gremio tiene fuerza para deshacer, pero nadie tiene fuerza para hacer, ni siquiera para asegurar sus propios derechos. En España hay escasas energías, y como las pocas que hay no consigamos unirlas, nada cambiará en este país, y lo que es peor, imposibilitará el cambio en un futuro, como poco, a corto y medio plazo. Para finalizar, el autor muy acertadamente rescata una frase de “El Quijote”[5]  para mostrarnos que la mejor política va sugerida en el humilde apotegma de Sancho:”En trayéndote la vaquilla, corre con la soguilla”. El Quijote. Pero en lugar de correr con la soguilla, afirma Ortega, parecemos resueltos a ir despedazando cruelmente todas las vaquillas.





[1] Léanse las entradas tituladas: “Incorporación y desintegración” y  “¿Por qué hay separatismo?”.
[2] Léanse  las entradas tituladas: “Incorporación y desintegración” y  “Particularismo”.
[3] Léanse las entradas “Incorporación y desintegración” y “Potencia de nacionalización”.
[4] En 1915 Ortega escribía:”No somos de ningún partido actual porque las diferencias que separan unos de otros responden, cuando más, a palabras y no a diferencias reales de opinión. Hay que confundir los partidos de hoy para que sean posibles mañana nuevos partidos vigorosos”. Revista España, número 1. [En Obras Completas, vol. X. pág.273.]
[5] De acuerdo con Ortega, “El Quijote” es una obra fundamental en la comprensión de nuestro carácter como pueblo.